La semana
pasada me di una vuelta por Action Comics (c/ Vinader, Murcia) a echar un
vistazo al material que tenían, y quedé gratamente sorprendido pues la tienda,
pese a no ser muy grande, tiene un poco de todo: comics americanos de las
grandes editoriales (Marvel y D.C.), novela gráfica europea, manga, juegos de
mesa, figuras,… Todo bien ordenado, y con un par de cajas de números atrasados
y colecciones completas de segunda mano que siempre se agradecen. Entre los varios
ejemplares que compré, como pequeña delicatessen
que suelo incluir como capricho, esta vez le tocó a Kingsman: The Secret Service, influido (supongo) por su reciente
estreno en el cine.
La novela
gráfica, publicada por Panini Comics, es obra de Mark Millar, Dave Gibbons y
Matthew Vaughn; y nos cuenta la historia de Gary “Eggsy”, un joven marginal de
los suburbios londinenses que acaba convirtiéndose en espía de la mano de su
tío, Jack London. Se trata de una parodia de ese género tan británico de la
novela de espías, encarnada por James Bond, pero al que Millar mezcla con el
ambiente marginal y degradado de los barrios decadentes londinenses, donde
conviven los hooligans más violentos
y sostenidos por el subsidio social. Tal y como señala Gonzalo Quesada en el
prólogo: “A Millar le parecía buena idea hacer que se mezclaran personajes de
extractos sociales tan diferentes como los personajes de James Bond y los de
Trainspotting”.
Toda la
historia se sostiene por los guiños de Millar a iconos de la cultura pop (por
las páginas del cómic aparecen Mark Hammill, Ridley Scott o David Beckham,
entre otros); su habitual humor negro (el rescate de Mark Hammill con el que se
inicia el relato es buenísimo); y por el trazo bien perfilado de Dave Gibbons.
Sin embargo,
en la historia hay algunos momentos en los que decae el nivel, como por ejemplo
la velocidad con la que se narra el entrenamiento de Gary, que en teoría dura
tres años, o los tópicos que aparecen a lo largo de toda la narración. A pesar
de ello, su lectura es entretenida y bastante recomendable para quienes no sean
muy sensibles a la ultraviolencia que practica Mark Millar en sus cómics (Kickass, Wanted), todo un Tarantino de la novela gráfica.
Un sábado de agosto de 1914 en
que la tarde se prestaba a ello, Anthime decide dar un paseo en bicicleta por
la campiña, aprovechando el sol para leer un rato sobre la hierba. Cuando
asciende a un montículo, al salir de la ciudad, una ráfaga de fuerte viento
está a punto de derribarlo y le obliga a poner pie a tierra. Desde esa
privilegiada vista de la Vendée, Anthime escucha el repicar de las campanas de
la ciudad: Francia acaba de declararle la guerra a Alemania, dando inicio al
primer gran conflicto mundial del siglo XX.
Tanto los periódicos, políticos,
militares y pueblo llano consideran que el asunto no es grave, pues en apenas
quince días se habrá solucionado el conflicto. Sin embargo, termina el verano,
y el conflicto continúa. Anthime y algunos de sus amigos del pueblo son
llamados a filas, y, una vez en el frente, descubren el horror que la historia
les tiene preparado en la I Guerra Mundial. Nada tiene lógica, todos los días
amanecen en una zanja llena de miembros amputados, bombas que resuenan sobre
sus cabezas, morteros que estallan llenando el espacio de humo y sangre…
Anthime pierde un brazo y es licenciado, con lo que puede regresar a casa y
pedirle matrimonio a Blanche, quien ya sabe que su antiguo novio Charles,
también amigo de Anthime, ha sido derribado en el aire. Finalmente, Anthime
deja embarazada a Blanche.
Una de las principales
características de la novela de Echenoz es su brevedad y concisión. Pese a
ocuparse de un tema que ha estado de moda en este reciente año 2014, por el
aniversario de la guerra, Echenoz no centra su mirada en los protagonistas de
la guerra, ni en las grandes batallas; antes bien, toda la novela gira en torno
a esos jóvenes sin demasiadas aspiraciones, pueblerinos burgueses que no
entienden realmente bien los motivos del conflicto y que se ven abocados a él
sin remedio. Anthime, Padioleau, Arcenel y Busois, además de Charles, se
presentan de manera humilde, imprecisa, y casi resulta de agradecer, pues el
horror de los bombardeos hace que, de una página a otra, perdamos al personaje
que hasta hace unas líneas estaba conversando con nosotros.
Echenoz se ciñe, por tanto, a esa
pequeña parte de la historia que Unamuno acertó a llamar la “intrahistoria”, la
historia de los personajes anónimos, sin cuya participación el devenir
histórico habría sido bien diferente, y cuyo recuerdo honran placas con
epitafios demasiado generalistas, a soldados desconocidos y libertadores de la
patria caídos.
Además, el autor francés demuestra su gran maestría en el arte de
narrar, pues lo condensado de la novela, apenas cien páginas, es suficiente
para transportarnos al convulso inicio del siglo XX mucho mejor de lo que
muchos y más voluminosos tratados de historia pueden hacerlo.
Esta novela
gráfica publicada por Salamandra Graphic narra el viaje de Fabio y Giovanni,
dos hermanos separados durante largo tiempo que se reencuentran debido al
fallecimiento de su padre. Durante la época de entreguerras, el joven Fabio
siente que su pueblo costero natal no puede ofrecerle las mismas oportunidades
que el vasto mundo, por lo que decide alistarse con los camicie nere y
salir a recorrer mundo. Abandona a todos hasta que su hermano Giovanni lo
encuentra en Francia ganándose la vida en combates de boxeo, y le convence para
regresar a por la herencia asignada, cumpliendo con la última voluntad del
progenitor.
Inician entonces
ambos hermanos un viaje de vuelta que no es sólo físico, sino también
sentimental. Los silencios en el coche, los reproches que se cruzan, la alegría
de los recuerdos de los tiempos pasados,… Alfred va combinando escenas de ese
pasado, marcadas por un estilo de dibujo sin trazo determinado, y con colores
predominantemente amarilláceos; con el presente, con los dibujos bien marcados,
y un tono anaranjado. Así vamos descubriendo los verdaderos motivos del exilio
de Fabio, cómo ha sido su vida, y, en oposición, cómo se ha mantenido,
cubriendo de alguna manera su lugar, el hermano menor, Giovanni.
En
el libro se destaca especialmente el tratamiento de un tema sentimental sin
caer en la sensiblería ni el melodrama: aunque evidentemente se suceden escenas
dramáticas y momentos cómicos, cuando llegamos a las viñetas finales asistimos
al reencuentro de Fabio con la vida que había dejado atrás, de la que huyó, con
la sensación de estar contemplando a personajes reales enfrentándose a
problemas cotidianos. La obra fue premiada en el Festival de Cómic de Angulema. El título, según he podido rastrear por la red, está tomado de una canción de Tony Dallara. Dejo aquí el vídeo y el enlace con la letra traducida.
Cualquier excusa es buena para
llegar a un libro. En mi caso, la lectura de El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, vino recomendada por
un amigo italiano, Pietro, durante la boda de una amiga común. Allí, entre
copas de vino y conversaciones más o menos forzadas, comenzamos a hablar de
literatura, y él me recomendó fervientemente la lectura de esta novela
italiana. Como suele ocurrir, recogí el título, que quedó relegado hasta casi
un año después, en concreto este verano pasado, cuando comencé su lectura.
La novela narra el inicio de la
vida adulta del soldado Giovanni Drogo. Destinado a la Fortaleza Bastiani, bastión
septentrional (el juego de palabras no es casual) de un país desconocido (probablemente
Italia) contra los tártaros o bárbaros del Reino del Norte. Al principio, Drogo
sueña con una gran carrera militar, cuyo punto de comienzo es una fortaleza
clave en la defensa del país, pero, al poco de llegar, se da cuenta de que
aquel no es más que un rincón olvidado del reino en el que nunca pasa nada. Tal
y como es advertido al principio, puede marcharse cuando quiera, pues el médico
de la fortaleza le facilitará la salida mediante prescripción. Aún así, el
capitán Matti lo convence para que pruebe durante cuatro meses. Giovanni
acepta, y en esos cuatro meses comienza a mimetizarse con la vida militar y
ordinaria: hace algunos compañeros, participa en la rutina diaria, los días se
suceden monótonamente,… Su primer permiso, que aprovecha para volver a la
ciudad, le ponen de manifiesto que ya ha perdido el contacto con los que una
vez fueron sus amigos, y con aquella mujer a la que alguna vez, tal vez
secretamente incluso para sí mismo, amó. De esta manera, Drogo cae en la cuenta
de que su única posibilidad es continuar en la Fortaleza, a la espera de un
enemigo que nunca llega.
La llegada de una división para
reformular las fronteras del país mostrará la rivalidad entre las distintas
secciones de un mismo ejército, y sacará a relucir el insensato honor militar,
que será la perdición del teniente Pietro Angustina, amigo de Drogo que se le
aparece en sueños invitándolo a acompañarlo. Se trata de sueños cargados de
simbolismo, aunque Giovanni es incapaz de descifrarlos. Angustina, muerto de
forma estúpida, es considerado como un héroe de guerra, sin haber luchado,
mostrando la falacia e hipocresía de los altos mandos.
Un par de hechos rompen la
monotonía castrense. Por un lado, un caballo que aparece en el desierto, tierra
de nadie sobre la que se ciernen los tediosos ojos de los vigías, y al que el
soldado raso Lazzari intentará capturar sin permiso de sus superiores: una
desafortunada coincidencia (ignora el santo y seña de la guardia saliente) le
hará perder la vida. El otro hecho significativo es cuando el teniente Simeoni
avista a lo lejos lo que parece ser una carretera que está siendo construida
por el enemigo para transportar tanques con los que atacar la fortaleza.
Paradójicamente, pese a que llevan una eternidad esperando a que pase algo, los
gerifaltes del bastión no ordenan acción alguna (salvo quitarle a Simeoni su
catalejo para evitar crear revuelo), y poco a poco comienza a disiparse la
certeza de que se trate de una carretera.
Giovanni asciende de graduación
militar al tiempo que envejece, simplemente por pura mecánica jerárquica, sin
ningún motivo justificado. Finalmente, un Drogo recluido en la cama, ya como
segundo en el mando de un reducto cada vez más abandonado, es alertado de la
llegada, esta vez sí, del enemigo. Lleva toda la vida esperando ese momento, y
sabe que al menos le quedará el honor de poder morir en el campo de batalla,
pero su frágil condición física obliga al coronel Simeoni, como alto mando del
bastión, a apartarlo de la Fortaleza Bastiani, siendo enviado a una pensión
cercana donde termina sus días.
La novela se enmarca dentro de
toda una tradición muy desarrollada en la literatura del siglo XX, lo que
podríamos llamar las novelas de espera.
Pueden citarse títulos como Esperando a
Godot, de Samuel Beckett; El coronel
no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez; o, muy próximas a
Buzzati, las novelas de Kafka, como El
proceso. No en vano, todas estas novelas tienen como uno de sus fines
mostrar el absurdo existencial de determinados sistemas (judicial,
administrativo, militar) que anulan la voluntad humana y la individualidad en
pos de una colectividad uniforme e insulsa. No es menos la novela que
comentamos, pues Buzzati utiliza muy bien algunos elementos a su alcance para
mostrarnos esa absurdidad extrema. Por ejemplo, el caso de la muerte de
Lazzari, una muerte estúpida, cuando había acudido a recoger el caballo
extraviado que aparece en el páramo desierto, y que es disparado por sus
compañeros (pese a que lo reconocen, aunque no se mencione), por desconocer la
contraseña para ese día.
El tema principal del relato es
esa crítica que realiza Buzzati a la sinrazón del mundo militar, que lleva a
los individuos a desposeerse de sus sueños y esperanzas. Drogo es el ejemplo de
esta pérdida de la identidad en pos de un supuesto bien común, la salvaguarda
del reino: alejado de la vida civil, consume sus días en la mecánica repetición
de actos. Tan sólo al final, cuando, ya enfermo, ni siquiera sale de su
camastro, y es avisado de que se acercan los enemigos, su vida parece cobrar
sentido: Giovanni recuerda todos aquellos compañeros que se trasladaron de la
Fortaleza, en busca de un destino más activo en el que poder hacer carrera
militar. Pero la vida es implacable, y la enfermedad le impide poder participar
en la batalla, tener una muerte digna. Su indolencia vital ha sido fiel hasta
el final. Drogo se despide en la cama, dibujando en el último momento una
sonrisa en sus labios, la única que esboza en toda la novela.
Buzzati inserta la narración en
una temporalidad y especialidad indeterminadas. Desconocemos cuándo se produce
la acción (tal vez en los albores del siglo XX), así cómo dónde sucede ésta
(posiblemente algún territorio colonial italiano). Esta indeterminación
contribuye a crear en el lector esa sensación de pérdida, de extravío existencial,
pues el tiempo es un círculo ad aeternum
en el que todos los días y todos los actos son repetidos, y cuya única muestra
de avance es el deterioro físico que produce la edad.
Una última cuestión interesante
es la de la identidad de los tártaros. Bajo esa identidad se esconde el otro,
el desconocido, el bárbaro; una idea muy extendida en toda la literatura, y que
Buzzati recoge, es el miedo a ese desconocido que es diferente de lo que uno
es; y que, a falta de un conocimiento más profundo, se convierte en recipiente
sobre el que verter nuestros miedos y odios colectivos, el enemigo del que hay
que protegerse aunque, como se afirma en la novela, ni siquiera se sepa por qué
se lucha, o de quién hay que defenderse. Una de las caras de la otredad, sin duda,
que lleva al apático Giovanni Drogo a perder la esperanza y a vivir en soledad:
“Poco a poco la confianza se
debilitaba. Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de
ello con nadie. Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los
hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecían alejados; si uno
sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una
mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor
sea grande, y eso provoca la soledad en la vida.”
Existe una versión para el cine
dirigida por Valerio Zurlini en 1976, y protagonizada por Jacques Perrin como
Drogo, además de contar con la participación de Vittorio Gassman, Francisco
Rabal y Fernando Rey.
Fiel a mi tardanza general, motivada por mi poliocupación,
vengo a comentar la obra completa, recogida en tres volúmenes por Norma
editorial, de Las aventuras de Adéle
Blanc-Sec¸ obra del genial Jacques Tardi.
El personaje principal, heroína de las historietas, es Adéle
Blanc-Sec, una escritora francesa afincada en París que vive de publicar sus
propias aventuras. Es una mujer atractiva, capaz de despertar pasión en los
hombres y celos en las mujeres, que, muchas veces de manera absurda, se ve
envuelta en aventuras bastante dispares.
Sus aventuras transcurren en un París pre-contemporáneo, en
torno a 1911, con los tambores de la I Guerra Mundial ya sonando de fondo. De
hecho, el personaje de Adéle es una prolongación del antimilitarismo declarado
de su autor, Tardi, como ya demostró en la obra ¡Puta guerra!. Pese al nacionalismo reinante en Francia por
aquellos años (recordemos el caso Dreyfuss y el asesinato de Jean Jaurés), Adéle
muestra un contrapunto cínico contra aquellos que promueven la lucha armada
como solución política a todo.
Las aventuras de Adéle están impregnadas de lo fantástico y
lo sobrenatural: pterodáctilos salvajes, momias que vuelven a la vida, sectas
babilónicas secretas con lo más selecto de la sociedad parisina,… La galería de
personajes secundarios es igualmente importante, pudiendo estos clasificarse
según sus diferentes funciones:
- Entre los científicos, destacan el profesor Ménard
(responsable del Jardin des Plantes y quien devuelve, cual Frankenstein, al
pterodáctilo a la vida), Robert Esperandieu (quien sorprende al convertirse en
uno de los villanos contra los que lucha Adèle) y el profesor Dielevault (otro
de los grandes enemigos que tiene la escritora en su contra).
- La policía aparece siempre caracterizada entre
incompetente, en el caso del comisario Caponi y del detective Simón Flageolet;
cruel y déspota, en el caso del comisario Laumanne; o manipuladora y corrupta,
como le sucede al comisario Dugommier, líder de la secta adoradora de Pazuzu.
Curiosamente,
los bandidos muestran dos caras diferentes: los hay que intentan asesina a Adéle
(sus primigenios ayudantes Albert y Joseph, o el tirador Thomas Rove); pero
entre éstos se cuenta el que parece el único hombre por el que se ha interesado
la damisela parisina, Lucien Ripol, que aparece en su primera aventura, Adéle y la bestia.
- Sus amistades, si es que pueden calificarse como tal, y
que sirven de contrapunto cómico a la intriga principal, se sitúan siempre en
el lado de la marginalidad y el ocultismo, muy a menudo salpicados por el
alcoholismo. Es lo que le ocurre al soldado Lucien Brindavoine, excelente
ejemplo de militar asqueado de la guerra y del trato que la sociedad les
dispensa a los soldados tras la misma; el payaso y humorista Roy o la momia (sí,
una momia) que tenía Adéle en su casa y que, un día, tras cuatrocientos años
dormida, cobra vida y se marcha a conocer el incipiente siglo XX en Momias enloquecidas.
- Mención especial merece el multimillonario, y malvado, Otto Lindenberg, un capitalista especulador condenado a la parálisis, que, sin embargo, es capaz de ejecutar el mal por puro placer. Recuerda, poderosamente, a cualquiera de esos magnates que pueblan la geografía mundial, que hacen y deshacen con su dinero sin que ningún gobierno sea capaz de controlarlos, y que carecen de ética porque la ley no se hizo para ellos.
Toda la saga se enmarca dentro de la denominada corriente steampunk, en la que el retrofuturismo
se basa en la estética victoriana de finales del XIX y principios del XX, con
los adelantos técnicos -y visionarios- surgidos en la época. Todo ello, por
supuesto, bajo el prisma cínico de Tardi, quien muestra su desconfianza hacia
el ser humano a través de los diálogos de los personajes.
Los tres tomos de la edición completa de Norma Editorial se completan con la novela gráfica "El demonio de los hielos", una historia muy del estilo de Julio Verne, una referencia fundamental, sin duda, para Tardi.
Este año 2014 ha resultado
importante para el clásico norteamericano de Francis Scott Fitzgerald. Al
estreno de la película realizada por Martin Scorsese y protagonizada por
Leonardo DiCaprio, hay que sumarle la aparición de la novela gráfica de
Stéphane Melchior-Durand y Benjamin Bachelier.
Una de las principales
características de la adaptación novela gráfica son las diferencias que
presenta con respecto al original norteamericano. Así, por ejemplo, la acción
no se sitúa en los Estados Unidos de los años 20, sino en el Shangai de la
actualidad, siendo los personajes caracterizados con rasgos asiáticos. Por otra
parte, la supuesta homosexualidad de Nick Carraway, que en la novela original
es tan sólo sugerida (lógico si tenemos en cuenta que se publicó en 1925),
aparece en la novela gráfica de manera explícita, ya que mantiene una relación
sexual con Chester.
Nick Carraway es un joven
arquitecto sin demasiadas ambiciones, cuya vida se ha guiado por un consejo
paterno: nunca juzgar a los demás. Por casualidad, logra adquirir una vivienda
en el barrio de moda de la ciudad, junto a la mansión de un enigmático Gatsby,
del que todo el mundo ha oído hablar. Nick entra de nuevo en contacto con su
prima Daisy, una flapper, y su marido, Tom Buchanan, un rico bravucón cuyo
matrimonio es una pelea constante. Durante una cena con Tom, Daisy y una amiga
de ésta, Jordan Baker, Nick menciona que es vecino de Jay Gatsby. Más adelante,
Tom lleva a Nick a presentarle a su amante, Myrtle Wilson, casada con George,
un mecánico pusilánime. Tomando una copa con Myrtle, Tom, Catherine (la hermana
de Myrtle) y Chester, un vecino fotógrafo, Carraway descubre que Gatsby está en
boca de todos los personajes de la alta clase social de la ciudad. Es un hombre
misterioso del que no se sabe la procedencia de su fortuna.
El enigmático Jay Gatsby es
conocido porque ofrece grandes fiestas los sábados por la noche en su mansión.
En una de esas fiestas, Nick conoce a Gatsby, y traban amistad. Por medio de
Jordan, Nick se entera de que Gatsby y su prima Daisy tuvieron una relación
amorosa que se terminó a causa de la guerra, y del matrimonio de Daisy con Tom.
Juntos, diseñan un plan para que Gatsby recupere a Daisy. Nick invita a su
prima a tomar el té, y allí se presenta Gatsby, quien finalmente logra convencer
a Daisy para seguir viéndose.
Tiempo después, Gatsby acude a
casa de los Buchanan. El encuentro entre éste y Tom muestra que ambos chocan
frontalmente. Durante un baño en la piscina, Tom se enfrenta a Gatsby, y éste
le revela que mantiene una aventura con su mujer. Enfurecido, todos abandonan
el edificio. Trastornada por la escena que ha contemplado, y bajo un intenso
aguacero, Daisy atropella mortalmente a Myrtle, quien se había lanzado contra
el coche pensando que era Tom quien conducía. Para encubrirla, Gatsby dirá que
el accidente ha sido culpa suya. Perturbado por la muerte de su mujer, George
Wilson es manipulado por Tom, y acaba colándose en la finca de Gatsby para
asesinarlo. Después, se suicida de un tiro en la cabeza.
Tom y Daisy rompen lazos y
abandonan la ciudad. Nick, que también rompe con Jordan, se encarga de arreglar
el funeral de Gatsby, al que no asiste nadie, excepto el padre de Jay, que le
encarga cumplir el sueño de la niñez de Gatsby. En el jardín, frente a la luz
verde que hipnotizaba al protagonista (desde donde se ve la casa de Daisy, al
otro lado de la bahía), Carraway afirma que es el deseo de replicar el pasado
lo que nos hace volver a él todo el tiempo.
La novela de Scott Fitzgerald
supuso un hito de la literatura norteamericana por reflejar de manera fiel la
crisis de los años 20, una época vivida a ritmo de jazz y alcohol que acabó
truncada con el crack del 29, en el
que se puso de manifiesto el poder del dinero y la avaricia de las clases
sociales más elevadas, cuya superficialidad en los temas referentes a la moral
era también bastante elevada.
Sin duda alguna, los personajes construidos por Scott Fitzgerald mantienen
por sí solos el ritmo de la novela, en especial el protagonista, Jay Gatsby,
cuya figura se va dibujando a nuestros ojos siguiendo los comentarios e
impresiones de quienes lo rodean y frecuentan, y obteniendo, por tanto, una
visión parcial e intrigante del personaje.
El final de la primera mitad del
siglo XX estuvo marcado, indiscutiblemente, por dos sucesos que afectaron a
Europa de manera determinante. Por un lado, la Guerra Civil española, que
resultó ser el preámbulo del segundo de esos acontecimientos, la II Guerra
Mundial.
La novela se inicia con el exilio
de Karmentxu, una de las miles de niñas y niños que fueron enviados a hogares
de acogida durante la contienda española. En el caso de la niña bilbaína, ella
y su hermano fueron enviados a Gante, donde cambiará la vida del joven escritor
Robert Mussche. Gracias a ese hilo de unión, los años que pasa Karmentxu en
casa de los Mussche, logramos ir conociendo la vida y destino de un escritor
casi anónimo que vivió el horror de la ocupación nazi, y que luchó (pagándolo
con su vida) contra la opresión que el régimen alemán quiso extender a toda
Europa.
Sin embargo, lo verdaderamente
importante de la novela no es tanto el trasfondo, que sirve para contextualizar
la vida de Mussche, como la actitud y determinación que éste fue adoptando a lo
largo de su vida, cómo su forma de ser y pensar, rescatada por Kirmen Uribe, se
convierte en un alegato que representa, como bien dice el título, lo que mueve
el mundo.
Uribe traza de manera ejemplar la
biografía de un hombre casi desconocido, un poeta perdido en la época de
guerras, comprometido intelectualmente con las ideas socialistas y las
libertades. Se trata de una novela de la memoria, cuyo final, triste pero sin
embargo esperanzador, y los testimonios que recoge a lo largo de toda la
novela, nos transmiten una actitud moral frente a cualquier sinrazón que la
barbarie pueda provocar: Kirmen Uribe nos dice, a través de los hechos de
Robert Mussche, qué es lo realmente importante, qué es lo que mueve el mundo:
el amor, la amistad, la abnegación,…
De la novela en sí quiero
destacar dos aspectos. De una parte, la mezcla de ficción y realidad, que
aparecen entrelazadas como un solo ente. Uribe-narrador y Uribe- personaje se
confunden, al igual que se confunden las voces narrativas, y a partir de un
suceso contado durante un encuentro literario en Bogotá, el escritor vasco va
tirando del hilo de la historia, contactando con Karmentxu y la familia belga
que le acogió, rescatando los fragmentos de la vida de Mussche y mostrándonos
el mosaico que se configura la vida de una persona real, perdida en el
maremagnum de una época convulsa.
De otra parte, la poeticidad está
latente durante toda la novela, pues es incuestionable que Uribe es, ante todo,
un poeta. Así, en determinado momento, afirma esa voz de Uribe que se confunde
entre narrador y personaje:
“Un viejo poema chino dice que si
dos personas se quieren mucho, sin han estado muy unidas y una de las dos
muere, la que muere en realidad es aquella que sigue andando.”
Henry Wilt
es un aburrido profesor de Formación Profesional en una ciudad inglesa. Carece
de ambición e iniciativa y sus alumnos eluden cualquier tipo de enseñanza por
su parte, motivos por los cuales no llega nunca a consolidar su plaza de
profesor en el Centro de Formación, y es reprochado por su mujer, Eva, llena de
carácter y fuerza y que se mueve impulsivamente. Cada tarde, mientras pasea a
su perra, Wilt fantasea con la posibilidad de asesinar a su mujer. Por su
parte, Eva conoce en un curso de XXXX a Sally Pringsheim, una americana que
encandila a Eva con sus teorías sobre la liberación sexual femenina.
Los Wilt
asisten a una fiesta en casa de los Pringsheim llena de seudointelectuales, y
en la que Henry es acosado por Sally. Al negarse a tener relaciones con ella,
ésta le golpea dejándolo inconsciente, lo desnuda, y le acopla una muñeca
hinchable, Judy. Cuando Henry vuelve
en sí, intenta liberarse de la muñeca, golpeándose en la cabeza y llamando la
atención de todos los invitados, quienes lo descubren. Avergonzado y ebrio se
marcha de la fiesta, y Eva se queda, consolada por Sally y Gaskell.
Wilt decide
llevar a cabo su plan de asesinato con la muñeca hinchable: la viste como su
mujer y la arroja al agujero de los cimientos del nuevo edificio del instituto.
Al día siguiente, cuando los obreros están empleando el hormigón para el pilar,
creen vislumbrar el cadáver de una mujer, pero ya el cemento lo ha cubierto. Se
inician las pesquisas policiales, y al final Wilt es acusado de haber asesinado
a su mujer y a los Pringsheim, quienes en realidad han cogido prestado un yate
y han embarrancado. Como la policía no encuentra a su mujer, y son incapaces de
creer la verdadera historia de cómo llegó Judy
hasta el agujero, Wilt estará retenido hasta que, al fin, Eva aparece medio
desnuda en casa de un párroco dipsómano e informa de que su marido nada ha
tenido que ver con su supuesto asesinato.
La novela de
Tom Sharpe con la que inició una exitosa serie protagonizada por el anodino
Wilt es realmente entretenida. El humor ácido se superpone una escena tras
otra, creando confusiones en las que nada es lo que parece, y a las que
nosotros, lectores que hemos visto cómo se ha ido desarrollando la trama, hemos
asistido divertidos.
Tras esa
impregnación humorística latente en casa episodio se esconde, como no podía ser
de otra manera, una crítica a la sociedad inglesa, que es en realidad
extensible a cualquier sociedad occidental.
De un lado,
tenemos el que a mi juicio es el gran tema de la obra, la hipocresía. Ésta está
patente en el comportamiento de prácticamente todos los personajes con el
antihéroe Wilt: sus alumnos le golpean, sus compañeros le desprecian, su mujer
le ningunea,… Estamos en la sociedad en la que el valor de una persona se mueve
por la apariencia, no por el contenido verdadero. De ahí que, pese a estar
detenido, Wilt se considere realmente libre. La sociedad ya lo ha juzgado y
encontrado culpable, pese a que no hay cadáver ni móvil. Por otro lado, de una
forma sarcástica Tom Sharpe afila sus dardos dirigidos a esos
seudointelectuales cuya cháchara engañabobos no es más que una cáscara vacía y
desprovista de sentido, encarnados en el matrimonio Pringsheim, personajes de
una moda a punto de pasar. Del matrimonio americano, sin duda el mejor carácter
es el de Sally Pringsheim, verdaderamente digna del psicoanálisis, cuya forma
de hablar es producto de su teoría de la liberación sexual:
- Jódeme,
nene Henry- dijo, y se alzó la falda-. Móntame, querido. Dale hasta gastármelo. - Eso- dijo
Wilt- iba a ser un poco difícil. - Oh ¿Por
qué? - Bueno, por
una parte sería imposible; y, en realidad, ¿por qué iba a hacerlo? - ¿Quieres
una razón? ¿Una razón para joder? - Sí- dijo
Wilt-. Sí que la quiero. - Razón es
traición. Siente libremente. Tiró de él
hacia sí y le besó. Wilt no se sentía en absoluto libre. - No seas
tímido, nene. - ¿Tímido?-
dijo Wilt, desplomándose de costado- ¿Tímido yo? - Claro que
lo eres. Está bien, ya sé que la tienes pequeña. Eva me lo dijo…
Tom Sharpe
maneja perfectamente la transición de Wilt, insertándose en esa tradición que
es tan británica como el propio esnobismo sobre el que se satiriza en la obra.
Me estoy refiriendo al humor british,
del que pueden servir como exponentes los Monty Python, pues ésta es sin duda
una novela cuyas imágenes parecen sacadas del sexteto chiflado.
Un joven estudiante de Arte,
Marcos, entra en contacto a través de su profesora y galerista Helena con el
polémico artista Jacobo Montes, el gran artista social del presente, cuya obra
transgresora pretende denunciar los excesos del capitalismo en el mundo actual.
Éste se dispone a acudir a la ciudad
para realizar una intervención artística,
y necesita de un joven ayudante que le ayude sobre el terreno. Ese ayudante
será Marcos, quien se compromete al principio con el proyecto artístico,
consistente en mostrar la realidad en la que viven los inmigrantes en el
municipio, seres casi invisibles que son utilizados como mano de obra barata
después de haber cruzado el estrecho en condiciones precarias, huyendo de la
cruda realidad de sus lugares de origen para venir a acabar en otra realidad
igualmente cruda.
El proyecto, que llevará el
título de Intento de escapada,
consistirá en encerrar a uno de esos inmigrantes, Omar, en una estructura
metálica que semeja un ataúd. Cuanto más tiempo aguante sin salir, mayor será
la cuantía de dinero que se le pagará por su participación en la obra. Marcos,
que ha puesto en contacto a Omar y a Montes,
comienza a cuestionar cada vez más la ética del artista y abandona el
proyecto una vez que ha comenzado el claustrofóbico encierro de Omar. Un mes
después, acude a la inauguración en la galería de Helena, por la que se siente
atraído, aunque ella parece no hacerle demasiado caso. La exposición del ataúd
metálico con la proyección de la grabación en la que se ve a Omar entrando en
él, junto con el olor pútrido que sale del mismo hacen sospechar a Marcos que
tal vez Montes haya decidido llevar su obra hasta las últimas consecuencias y
se haya atrevido a asesinar al inmigrante y exponerlo a la vista de todos en la
estructura metálica. El estudiante hace partícipe a Helena de sus sospechas,
pero ésta lo tacha de ignorante y acaba seduciéndolo para evitar que informe a
la policía.
Tiempo después, con un Marcos ya
convertido en profesor de Arte en la Universidad, tiene lugar en París una
retrospectiva de la obra de Jacobo Montes, a la que Marcos acude con la
intención de abrir el ataúd para comprobar si realmente está allí el cuerpo del
inmigrante desaparecido.
Esta primera obra del murciano
Miguel Ángel Hernández, semifinalista del XXX Premio Herralde de Novela de la
editorial Anagrama, plantea, a través del joven protagonista, Marcos,
cuestiones que afectan a los derroteros que el mundo del arte, aunque
aplicables a la sociedad en general, ha tomado a partir de los movimientos de
vanguardia y la II Guerra
Mundial.
Helena proyectó algunas imágenes
más de suspensiones. Personas traspasadas por ganchos, colgadas de árboles y
plataformas, representaciones y grandes eventos donde las elevaciones se
practicaban en grupo. Una especie de gran bautismo de sangre e ingravidez. - De lo que se trata en el fondo
-continuó- es de levantar los pies del suelo, de levitar, pero ahora de modo
real y físico. Ésa ha sido una de las obsesiones de los artistas durante la
modernidad, la elevación espiritual. Y algunos lo han conseguido, o al menos lo
han buscado, a través del levantamiento físico, de una batalla emprendida
contra la fuerza de la gravedad. La ingravidez como meta, el vuelo como
elevación. Desde Malévich, con sus pinturas de aviones, a las levitaciones del
mago David Blaine, o desde las suspensiones de Francesca Woodman hasta la
hazaña de Philippe Petit sobre el alambre entre las Torres Gemelas. Volar,
elevarse, escapar…, salir de este mundo que nos mantiene pegados a la tierra y
con la cabeza a ras del suelo.
El tema principal de la obra es
el límite ético que han de tener las obras de arte, o más bien el planteamiento
sobre tal límite. Tal y como se manifiesta en la novela a través de la
profesora Helena, ¿debe el artista mantener unos límites éticos con respecto a
la obra de arte o, por el contrario, su intento de ir más allá, de denuncia
social, le permite evadir esos límites? Se trata de una cuestión espinosa que
no puede ser solucionada de manera tajante ni absoluta, sino que ha de tomarse en
perspectiva. Podemos considerar que una de las funciones del arte sea la
social, esto es, que sirva para denunciar injusticias y mostrar las realidades
más desagradables. Esta función social del arte estaría representada en la
novela por Jacobo Montes. Sin embargo, eso no exime al artista de aplicar unos
límites éticos al producto en sí. Precisamente, el arte, en su propia esencia,
ha de ser ético a mi juicio. En cualquier caso, mis ideas al respecto coinciden bastante con las planteadas por Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo.
-¿Y desde cuándo el artista tiene
que ser bueno, moral o legal? -dijo Helena sin inmutarse-. Que una cosa sea una
obra de arte no es impedimento para que sea un mal acto social. Desde hace
mucho tiempo, ética y estética son cosas diferentes.
Miguel Ángel Hernández juega muy
bien con los elementos artísticos que tiene a su alcance, y sabe involucrarnos
en ese debate sobre los derroteros del arte en el siglo XXI. Para ilustrar esa
estética alejada de la ética, el autor nos muestra toda una serie de productos
artísticos polémicos, si bien algunos de ellos han sido hoy día aceptados como
revolucionarios en su momento. Así, por ejemplo, aparecen al principio del
libro, citados por el personaje de Helena como muestras de ese arte transgresor
Piero Manzoni y su Merda d’artiste,
el supermasoquista Bob Flanagan o incluso Pier Paolo Pasolini y el descarnado
largometraje Saló o los 120 días deSodoma.
Jacobo Montes, aunque creación
literaria, parece ser un trasunto de un transgresor artista español, SantiagoSierra. Se trata de un personaje redondo, cuya presencia se intuye desde el
principio hasta el final del libro, enigmático, acaso iluminado. Al principio
de la novela, se incluye una falsa cita: El
arte es una cosa sucia, y no hay manera de lavarla sin que pierda su color;
que va a ser un leitmotiv a lo largo
de la misma. La función del artista es denunciar, sí, pero no a través de la
ética. Al fin y al cabo, Montes es un ególatra que busca rellenar su propia
teoría de experiencias:
Su obra, decía, probablemente iba
a girar en torno a los problemas de la comunicación y el aislamiento del
lenguaje, una cuestión a la que había dedicado sus últimos trabajos. Por eso me
pidió que cuanto antes le enviase una lista con los locutorios de la ciudad,
con sus localizaciones y con la nacionalidad de sus propietarios. También una
foto de cada uno. Del exterior y del interior. Y lo más importante, que lo
mandase todo desde uno de los locutorios de la ciudad, como si fuera un usuario
más. Le interesaban los datos, pero sobre todo las experiencias. Debía
observar, analizar y sentir. Eso era lo que diferenciaba al arte de a
sociología. “Los datos son siempre erróneos -escribía-, aunque no podemos
escapar de ellos. Pero las experiencias nunca se equivocan. El arte es una
forma de experiencia.”
La novela se sustenta, además de
la fuerza del personaje de Jacobo Montes, en el uso del triángulo amoroso, en
este caso traspasado de teoría artística, que forman Helena, Marcos y Jacobo.
Por último, cabría destacar el
final “abierto” y metaliterario del propio relato. Quizás, más que de un final
abierto, habría que hablar de una inconclusión, pues se presta a la
interpretación que el lector quiera hacer sobre lo que habría o no en la
escultura de Montes. También la última nota de Marcos con respecto a la
investigación desarrollada en París encaja como una última pieza en el puzle que
nos ha de ofrecer el perfil de Jacobo Montes.
Allí no había nada. Y sin
embargo, justo cuando el vigilante tiró de mí hacia atrás y me alejó de la
caja, pude observar unos pequeños arañazos en la madera. Mientras caía al
suelo, me acordé de Noche y niebla,
la película de Resnais sobre los campos de concentración, y se me vino a la
cabeza la imagen de las marcas en los techos de las salas donde los judíos eran
gaseados. Eran las huellas de la barbarie, heridas en el hormigón proyectadas a
través de la historia. Imaginé entonces a Omar arañando la caja para salir y a
Montes impidiéndole escapar. Y pensé de nuevo en la iconostasis, en quién está
a salvo y quién se juega la vida, y en cómo todo, en el fondo, es una manera de
guardar la distancia. Porque ese vacío que ahora había dejado de serlo no era
otra cosa que esa distancia sagrada que yo acababa de profanar.
Tal y como
aparece recogido en el Diccionario de la R.A.E., y al que Benedetti alude en el
prólogo a su novela, la primera entrada del término andamio es: “Armazón de
tablones o vigas puestos horizontalmente y sostenidos en pies derechos y
puentes, o de otra manera, que sirve para colocarse encima de ella y trabajar
en la construcción o reparación de edificios, pintar paredes o techos, subir o
bajar estatuar u otras cosas, etc.”. Siguiendo esta definición, esta novela,
tal y como explica el uruguayo en el introito, es una colección de andamios
sobre la vida de un personaje, Javier, que viene a ser un trasunto del propio
Benedetti. Exiliado forzoso por la dictadura que sufrió Uruguay entre 1973 y 1985, Javier vuelve al
país con la reforma democrática, para descubrir que ya no es un exiliado, sino
un desexiliado, que ha perdido su sitio tanto en el lado de acá, donde se va
reencontrando con los compañeros militantes de la izquierda que sufrieron
cárcel y tortura; como del lado de allá, donde dejó a su exmujer Raquel y a su
hija Camila.
[…] Fueron
varias etapas. Una primera, ésa en que te negás a deshacer las maletas (bueno,
las valijas), porque tenés la ilusión de que el regreso será mañana. Todo te parece
extraño, indiferente, ajeno. Cuando escuchás los noticieros, sólo ponés
atención a los sucesos internacionales, esperando (inútilmente, claro), que
digan algo, alguito, de tu país y de tu gente. La segunda etapa es cuando
empezás a interesarte en lo que sucede a tu alrededor, en lo que prometen los
políticos, en lo que no cumplen (a esa altura ya te sentís como en casa), en lo
que vociferan los muros, en lo que canta la gente. Y ya que nadie te informa de
cómo van Peñarol, Nacional o Wandereres o Rampla Juniors, te vas convirtiendo
paulatinamente en forofo (hincha,
digamos) del Zaragoza o del Albacete o del Tenerife, o de cualquier equipo en
el que juegue un uruguayo, o por lo menos algún argentino o mexicano o chileno
o brasileño. No obstante, a pesar de la adaptación paulatina, a pesar de que
vas aprendiendo las acepciones locales, y ya no decís “vivo a tres cuadras de
la Plaza de Cuzco”, ni pedís en el estanco (más o menos, un quiosco) una caja de fósforos, sino de cerillas, ni le preguntás a tu jefe cómo
sigue el botija, sino el chaval, y
cuando el locutor dice que el portero
(o sea, el golero), “encajó un gol”
sabés que eso no quiere decir que él lo hizo sino que se lo hicieron; cuando ya
te has metido a codazos en la selva semántica, igual te siguen angustiando, en
el recodo más cursi de la almita, el goce y el dolor de lo que dejaste,
incluidos el dulce de leche , el fainá, la humareda de los cafés y hasta la
calima de la Vía Láctea, tan puntillosa nuestro firmamento y, por obvias
razones cosmogónicas o cosmográficas, tan ausente en el cuelo europeo. No
obstante, as time goes by (te lo dice
Javier Bogart) por fin se borran las vedas políticas que te impedían el
regreso. Sólo entonces se abre la tercera y definitiva etapa, y ahí sí empieza
la comezón lujuriosa y casi absurda, el miedo a perder la bendita identidad, la
coacción en el cuore y la campanita
en el cerebro. Y aunque sos consciente de que la operación no será una hazaña
ni un jubileo, la vuelta a casa se te va volviendo imprescindible.
La historia
está construida en forma de breves retazos, que son andamios a los que alude el
título. En mi cabeza se forma la imagen de una casa con múltiples ventanas,
cada una de ellas diferente, mostrando tan solo una parte de la casa, que sería
la totalidad. Algo así sucede con Javier, cuyas ventanas se van mostrando a lo
largo de las páginas en las conversaciones con los amigos, en las cartas con su
hija y su exmujer, en sus reflexiones personales, en sus encuentros con Rocío,…
Al finalizar el libro, es cuando vemos el rostro completo, descubrimos quién es
realmente Javier.
Uno de los
temas principales de la novela es el desexilio, tal y como lo llama el propio
Javier. En su interior, la conciencia le remuerde por haberse marchado del país
cuando salió de la cárcel, lo que provoca ese sentimiento de extrañeza en él:
no reconoce el lugar al que ha vuelto, ni a las personas con las que se
encuentra, ni se reconoce a sí mismo a través de sus ideales. Es el cambio en
la vida. Y sin embargo (y esto es lo que me fascina de Benedetti), todo aparece
bajo un destilado y fino humor -irónico en muchos casos, no hay más remedio-
que evita que el lector y Javier caigan en la melancolía, la apatía, el
desencanto o el desengaño. Jodidos, sí, pero conscientes. Este es el mundo que
quedó tras las revoluciones y la Guerra Fría, el Che, Mao, París en el 68,
Vietnam, algunas matanzas diseminadas por todo el planeta, nada de esto volverá
a repetirse y el capitalismo que viene a invadirlo todo, a conquistarlo todo, a
devorarlo todo, porque nunca se sacia:
[…] En
apariencia todo está bien. Los diputados son elegidos por voto popular; también
los senadores y las autoridades municipales, y en la mayoría de los casos, el
presidente. (Los reyes, en cambio, agrego yo, no son democráticamente elegidos,
pero en compensación no mandan). Sin embargo, quienes en verdad deciden el
rumbo económico, social y hasta científico de cada país, son los dueños del
gran capital, las transnacionales, las prominentes figuras de la Banca. Y
ninguno de ellos es elegido por la ciudadanía. Aquí trepo con euforia al vagón
de Saramago. ¿De qué voto popular surgieron los presidentes del Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial, la Trilateral, el Chase Manhattan, el
Bundesbank, etcétera? Sin embargo, es esa élite financiera la que sube o baja
intereses, impulsa inflaciones o deflaciones, instaura la moda de la
privatización urbi et orbi, exige el
abaratamiento del despido laboral, impone sacrificios a los más para que los
menos se enriquezcan, organiza fabulosas corrupciones de sutil entramado,
financia las campañas políticas de los candidatos más trogloditas, digita o
controla el 80% de las noticias que circulan a nivel mundial, compagina las más
fervorosas prédicas de paz con la metódica y millonaria venta de armas,
incorpora los medios de comunicación en su Weltanschauung.
La clase que decide, en fin.
El libro
toca muchos de los temas fundamentales en la obra de Benedetti y lo enraíza a
su producción poética: el amor, el exilio, la política, la revolución, la
amistad, la juventud,… Siempre se pueden encontrar grandes verdades escondidas bajo una reflexión de café, o una sucinta ironía.
-Quiero aclararte algo.
Todos ésos: los motorizados, los del bakalao, los drogadictos, son los
escandalosos, los que figuran a diario en la crónica de sucesos, pero de todos
modos son una minoría. No la tan nombrada minoría silenciosa pos-Vietnam, sino
la minoría ruidosa pre-Maastricht. Pero hay muchos otros que quieren vivir y no
destruirse, que estudian o trabajan, o buscan afanosamente trabajo (hay más de
dos millones de parados, pero no es culpa de los jóvenes), que tienen su
pareja, o su parejo, y hasta conciben la tremenda osadía de tener hijos; que
gozan del amor despabilado y simple, no el de Hollywood ni el de los culebrones
venezolanos sino el posible, el de la cama monda y lironda. No creas que el
desencanto es una contraseña o un emblema de todas las juventudes. Yo diría que
más que desencanto es apatía, flojera, dejadez, pereza de pensar. Pero también
hay jóvenes que viven y dejan vivir.