martes, 23 de febrero de 2010

¡Quién supiera escribir!

Tengo un pequeño recorte en mi habitación, junto a la mesa de trabajo con esa sentencia. Lo hago para recordarme cada día la dificultad de expresar con palabras todas las cosas que me circulan por la cabeza. Y, la mayoría de las veces, todas esas ideas, todos esos pensamientos, caen en el saco roto del olvido.

También tengo, junto a la cama, la foto de una revista en la que se ven unos labios exactamente iguales a los tuyos, que conocí y recorrí de memoria en los días en que era (éramos) inconsciente y feliz. Junto a la fotografía, el texto del capítulo VII de una novela que es lo mejor que he leído y leeré nunca, y que ocupa tan solo la mitad de un folio de 80 gramos, tamaño DIN A4. Ni tus labios, ni lo que dice el texto, caen nunca en el olvido.

Así, cada noche, antes de acostarme, miro tus labios (que perdí) y mi capítulo (que nunca escribiré), y hago repaso de ciertos momentos que no terminan nunca de irse, como la suciedad de una ventana, y que no me dejan mirar más allá con toda la claridad que uno desearía, porque también para eso soy humano. Y me duelo de los labios que ya nunca, ni siquiera en esta noche, escribiré.

martes, 27 de octubre de 2009

lunes, 19 de octubre de 2009

Noches y bares

Compréndeme.

Tampoco es que haya pensado mucho en ello,
simplemente me dejé llevar (para bien o para mal)
y acabé solo, llorando, porque
si es necesario
haré sangrar mis dedos
para poder tocar contigo.

Las horas de la tarde irán, poco a poco,
riéndose de nosotros, dejando paso a
las noches llenas de alcohol
y del humo azul de los cigarrillos,
encerrados en una habitación
transformada en el jardín de las delicias
donde poder compartir con los amigos
penas y alegrías que no se expresan con palabras;
no, más bien, quedan dichas en canciones,
en juegos, en besos, en leves sensaciones de fondo
que nos dejan (quizá) un rumor de inconsciencia.

Y amanecer, una vez más,
cerca de algo o de alguien vagamente familiar.
Quedarán los escombros de esas noches y días
en que la vida era una fiesta:
bailes, drogas, rostros, risas,
canciones, botellas vacías por el suelo,
y ceniceros repletos de pulmones…
Y después de la resaca sentimental,
acurrucada en el suelo, a un lado del colchón
ahí estará lo que no andabas buscando, pero encontraste.

Contigo es aplicable lo que decía Girondo
en su búsqueda del lado oscuro del corazón:
“Solo te pido una cosa: que sepas volar conmigo;
si no es así, estamos perdiendo el tiempo”.
Porque solo así es comprensible el amor:
celeste, etéreo, aéreo, volando…

Compréndeme.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Se querían

Se querían. Y estaban tan obcecados en su amor, que poco a poco dejaron de salir juntos a cenar, a ir al cine, a las reuniones en casas de amigos para comentar el último partido de fútbol, o la estupidez política de la semana; empezaron a faltar al trabajo, al supermercado, a las clases de aeróbic, a los paseos por las alamedas; fueron encerrándose en casa: del salón pasaron a la cocina, de la cocina al baño, del baño al pasillo, y al final recluidos en la habitación. Se instalaron en un domingo perpetuo. Dejaron de comer, de dormir, de hablar, de leer. Simplemente se quedaron abrazados el uno al otro, acurrucados en la cama, en una habitación a oscuras. Fueron consumiéndose lentamente en el amor del otro, pequeñas células microscópicas, incapaces ya de hacerse el amor, pero, curiosamente, amándose.

lunes, 14 de septiembre de 2009

In memoriam

Batalla diaria contra el olvido,
me esfuerzo
en recordar cada momento
de la última noche
que he pasado contigo.

La oscuridad nos fue envolviendo,
como una pesada manta de invierno
o una canción de Serrat que me vino a la memoria
mientras la ciudad, ebria,
iba poco a poco esfumándose con la música.

Nos tambaleamos hasta tu cama, negra,

Baja las persianas, que no sepan nuestros cuerpos
que ya se hizo de día.
Acurruquémonos, así, desnudos,
parece que nos hicieron a medida
para encajar el uno junto al otro.
Juguemos al cíclope, juntar los ojos,
Besarnos hasta sentir que perdemos el conocimiento
Rozar cada parte del cuerpo
Abrazar
Y luego,
Vuelta a empezar.

Así lo haré cada noche, te prometí,
como si todas las noches
se fundiesen en una única noche:
aquella noche
que me visita cada día
con nocturnidad y alevosía.

Entre el dolor y el olvido
elegí el dolor.

jueves, 27 de agosto de 2009

En ocasiones me vence la cobardía

y entonces me esfuerzo por oscurecer la realidad, por alejar los pensamientos de olvidarte, de volver a verte, o de seguir queriéndote; por no hundirme demasiado al sentirme camaleón, admitir que no soy el mejor, que las cosas podrían haber cambiado si aquel giro de nuestra historia se hubiese dado en otra dirección. Pero que aquello cada vez es más pasado que no volverá. Como no vuelves tú esta noche, a meterte de nuevo, fría, bajo las sábanas, mientras te arrebolas contra mi cuerpo, y me coges el brazo y te lo echas por encima, “así está mejor” susurrabas, e incluso, en contadas ocasiones y en el más silencioso de los susurros, me dijiste que me querías; y despertarme en medio de la noche, y sentirte tan cerca, no poder evitar darte un beso con cuidado, que no se despierte, mañana le diré que la quiero.

Diremos que no lo hicimos porque, al cabo de cierto tiempo, nosotros mismos tendemos a engañarnos, a ver la realidad con otros ojos, a difuminar las fronteras del recuerdo. Porque así será más fácil seguir camino en solitario, ir viviendo de pequeñas e insuficientes dosis de placer, negando lo que una vez nos hizo sentirnos vivos, porque es precisamente el recuerdo de haber estado vivos lo que no cesa de visitarnos en noches como ésta, con una luna amarilla y asustada, cobarde, que sólo se asoma de noche, cuando la gente duerme, cuando el recuerdo de tus ojos cumple con su obligada visita a mi tristeza, cuando te escribo esto que nunca leerás, solo, asustado, cobarde.

viernes, 10 de julio de 2009

Hacerte mía

Hacerte mía sin que nadie lo sepa,
tenerte siempre en el refugio solar
para poder visitarte siempre que quiera,
especialmente en estas largas tardes de verano
que pasan sin que pase nada.

Poder escucharte, acariciarte,
corromperte incluso.
No tener que compartirte,
que explicarte,
que defraudarte;
mirarte mientras el humo verde
se
aunque
tú no lol
sepas, he
inventadov
tu nombre a
qqqqqqqqqqhacia el techo

Sonreír cómplice ante tus verdades
que son en realidad las mías,
porque ellas (tus verdades)
no fueron hechas para mí,
pero en verdad sí,
porque yo así lo decidí
en algún lejano momento
en que pensé
“será mía,
mía y de nadie más”

Y, ante todo,
mientras apuro los restos
de Johnny Carter liados en arroz
deleitarme porque esta vez no escribo sobre ELLA,
sino que se trata de una canción... de una que hice mía.

lunes, 15 de junio de 2009

Mujer que no tendré


Las ilusiones se desvanecen como el hielo de mi copa en una tarde de verano. Con sus piernas perfectas y su sonrisa dorada, que daba luz al mundo, mientras yo la observaba, con su pelo moreno recogido en una coleta (ahí me agarraste bien) coronado por unas gafas de sol a modo de diadema, sin abismos ni fisuras, los ojos entrecerrados por el sol, incluso un poquito de barriga, la imperfección precisa para no ser demasiado perfecta, pero, por eso mismo, para hacer perfecto el momento. Me sonríe, le sonrío, me acerco y le pregunto, sin esperanza alguna, cualquier tontería con la que pueda estudiar detenidamente la hilera perfecta de blancura que se ordena en su boca. Su boca (dios mío) una boca hecha para que vuelen los mortales, el tesoro más codiciado en este momento por mi obscena palabra, que revuelvo intentando encontrar algo ingenioso-divertido-agradable-original que decir, y ella, pobre estúpida, porque una belleza así solo se concibe si es un poco estúpida, pero no profundamente estúpida, hasta ahí podíamos llegar, uno también tiene orgullo, que responde de nuevo con una sonrisa, la sonrisa que actúa ahora mismo de centro gravitacional del eje terráqueo, como centro del universo, qué vértigo da mirar tan de cerca esa sonrisa y reprimir las ganas de morderla, se da la vuelta, sin dejar de sonreír, y se aleja con piernas tan largas como las noches oscuras, hacia el agua, mientras yo me quedo con una copa caliente, los pies llenos de arena, y esta fastidiosa sensación de lo mal que está hecho el mundo, que me tienta con una mujer que no tendré.

martes, 12 de mayo de 2009

El sitio de mi recreo

Hay días que se te quedan en la memoria grabados, a seda y hierro, para siempre. Normalmente, suele ser porque pasó algo que te marcó de alguna manera o de otra, para bien o para mal, mientras el resto del mundo seguía girando, inconsciente del nuevo rumbo que tomabas. Otros, en cambio, forman parte de una pequeña colectividad, de una pequeña e irreductible aldea de galos, y entonces esa sensación de soledad se mitiga. Por último, hay algunos que sirven para sentirte parte del mundo, o de su historia, y todos y cada uno de vosotros recordáis perfectamente dónde estabais y con quién y qué se os pasó por la cabeza cuando visteis las torres desplomarse, o cuando Madrid lloraba en los andenes.

Hoy es uno de esos días que encajan perfectamente entre los que te marcan personalmente, que afortunadamente puedes compartir con toda la Clase 2, y que (quiero creer) también mucha gente ajena a nuestro pequeño microverso recordará para siempre. Porque Antonio, el ángel de Orión, se va, en un final que estaba escrito desde hacía mucho tiempo pero que ninguno admitiremos. Antonio se va, después de diez mil noches con Marga bailándole el agua, a cantar a un lugar perdido con Enrique, con Jim, con Kurt, con el otro Antonio, el gitano, con Elvis, con tantos otros, una eterna lucha de gigantes. Antonio, el chico triste y solitario que se dejaba llevar durmiendo en estaciones, condenado a trabajos forzados, vive ahora por siempre en la desordenada habitación. Esperando, como esperamos todos, a la chica de ayer.


jueves, 7 de mayo de 2009

Caperucita huérfana



Escrutó, una vez más, el horizonte que a esa hora comenzaba a iluminarse tímidamente. El reflejo de los rayos de sol sobre la nieve le irritaba los ojos, acostumbrados ya a la oscuridad de la madrugada. Ahuecó sus manos junto al helado rostro, en un intento por calentarse la punta de la nariz, y exhaló un último aliento de vaho. Mierda de frío, la cabeza pensando en el calor de la manta y la visión del fuego en la chimenea. El crujido de la madera le azuzó la conciencia. Apoyó la escopeta en el hombro, con el frío metal acariciando su mejilla izquierda, el ojo guiñado para concentrar la mirada, dónde estás puto bicho, como había hecho antes con tanta frecuencia. Frecuencia que, quizás, le engañó esta vez al no advertirle que el animal estaba a su espalda y no delante, con los colmillos húmedos de saliva y las patas traseras arqueadas para el salto, un salto que lo revolvió todo durante un minuto, una bola de pelo, nieve manchada de barro, un disparo que hace volar a los pájaros, sangre sobre la nieve, sangre que se mezcla caliente con la nieve, coloreando el día de rojo orfandad.