El segundo
volumen de la serie Criminal, cuyo guion corre a cargo de Ed Brubaker y está dibujada por Sean Phillips, está compuesta por tres historias
pertenecientes al género negro. Como contenido extra, se incluye al final del
libro una historia corta, Noir siglo XXI.
Además, el tomo contiene la galería de portadas, una suerte de tráiler de El último de los inocentes, y un
conjunto de dibujos y bocetos de películas y series clásicas de estética noir que han servido de fuente de inspiración
al autor de la serie.
Ed Brubaker
utiliza algunos de los lugares comunes del género, como la mujer fatal, el
solitario perdedor como protagonista, el ambiente sórdido o la moral del
antihéroe en una sociedad inmoral. Sin embargo, tanto los argumentos como los
diálogos permiten que la historia no nos desespere, e incluso llegue a
sorprendernos. Éste es sin duda el punto fuerte de la novela gráfica. En
cambio, el trazo elegido por Sean Phillips parece perderse a veces. Y eso que
el género negro permite, dentro de una novela gráfica, un trazo menos definido,
ya que predominan los colores oscuros. Sin embargo, tanto el entintado como el
dibujo están lejos de la que, al menos de momento, sigue siendo la obra de
referencia de este tipo de novelas gráficas, Sin City.
La primera
de las historias es la titulada Mala
noche. Se trata de un arco argumental desarrollado en cinco actos en los
que el escritor Jacob Kurtz, en una de sus noches de insomnio, acaba en un bar
de comidas nocturno, donde conocerá a Iris. Siguiendo la voz de su conciencia,
que se manifiesta en el detective Frank Kafka cuyas aventuras escribe Jacob, irá
introduciéndose cada vez más en una espiral de desenfreno y delito de donde
cada vez le será más difícil salir para poder hacer lo correcto. Lo más
interesante de esta primera historia es el personaje protagonista, Jacob Kurtz,
cuyo carácter apocado y tímido esconde realmente una personalidad totalmente
sorprendente. El juego de voces que mantiene con su creación, el detective
Kafka, una especie de Elliot Ness que le sirve para parodiar los clichés del
género, permiten construir un personaje redondo y llevarnos hacia un desenlace
inesperado.
En Los pecadores, aparece Tracy Lawless, un
ex soldado contratado como matón por el jefe del hampa, el señor Hyde. Pese a
lo que pueda parecer dado su oficio, Tracy es una persona con una moral recta e
incorruptible, que sólo asesina a aquellos cuyos actos merecen tal castigo. Una
ola de ejecuciones llevadas a cabo en el barrio por una banda misteriosa, y los
remordimientos de Tracy hacia su jefe y la familia de éste, serán el epicentro
de la trama. El personaje principal, sin estar mal construido, resulta a mi
juicio menos interesante que los otros; tal vez porque es un “bueno” que actúa
con los “malos”, pero tiene siempre presente la intención de hacer el bien y lo
correcto.
Por último, El último de los inocentes es una mezcla
entre Beautiful girls y Crimen perfecto. Riley Richards regresa
a su pueblo para pasar las últimas horas con su padre, enfermo terminal. Este
regreso es también una vuelta a la vida que había dejado atrás: su amistad con Friqui
Gordon, convertido ahora en un ex alcohólico; y la hermana de éste, Lizzie
Gordon, de quien Riley está enamorado. Pero Richards esconde un par de secretos
tras de sí: por un lado, sus deudas de juego con el señor Hyde, que se traducen
en una necesidad acuciante de dinero que podría prestarle su millonario suegro
si no lo odiase; por el otro, su matrimonio cada vez más roto con Felicity
Doolitle, quien le engaña con el rival de Riley, Teddy. Además de las
constantes referencias subliminales, resulta atractivo el juego que hace entre
el estilo de la edad adulta, y el dibujo y diseño de la juventud de Riley, con
un estilo que recuerda a Archie y sus amigos (no en vano, la historia es una
vuelta de tuerca a las historietas de Archie).
Por último,
cabe destacar la historia corta que se incluye como material adicional, al
final del libro, Noir siglo XXI. Pese
a que no tiene la extensión de las otras, resulta muy entretenida, pues de
nuevo Brubaker nos sorprende sin dejar de utilizar los recursos noir: en este caso, la femme fatale.
Un genio ingobernable, que vivió
tan deprisa como los fraseos que era capaz de realizar con el saxo alto, si es
que no lo había empeñado para conseguir algunos dólares. Así era Charlie
Parker, el gran agitador del jazz de los años 40, que en este libro compilado
por Robert George Reisner aparece dibujado por los testimonios de aquellas
personas con las que se cruzó en su vida.
Apodado Yardbird (Pájaro), empezó su carrera siendo apenas un adolescente,
colándose en las jam sessions de los
clubes de Kansas City hasta que era descubierto y echado a patadas. Influenciado
por el estilo de Lester Prez Young, pronto
consigue ingresar en la orquesta de Jay McShann, con la que inicia las giras que
le darán a conocer al gran público. Posteriormente, se trasladará a Nueva York,
donde se asentará; aunque alternará su vida en la ciudad neoyorquina con
estancias en Los Ángeles o en Kansas City, además de alguna gira por Europa,
donde era venerado en Francia y Suecia, países de gran conocimiento del jazz.
Su ajetreada vida, la adicción desde muy joven a las dogas, y su genialidad, lo
llevarían a una depresión continuada y a varios intentos de suicidio. Sin
embargo, Parker se sobrepondría, motivado por el nacimiento de sus hijos, e
ingresaría en el hospital de Camarillo. Una vez recuperado, intentó llevar una
vida más ordenada, pero el ambiente de los clubes nocturnos (llegaron a ponerle
su nombre a un famoso club, el Birdland),
las interminables jam sessions, y la
muerte de algunos de sus hijos, lo empujaron de nuevo hacia los viejos malos
hábitos. Charlie Parker acabaría muriendo en la habitación del hotel de su
amiga la baronesa Pannonica de Koenigswarter, debido a una neumonía lobar.
Por el libro desfilan numerosos
personajes fundamentales de la historia de la música que compartieron escenario
e historias con Bird. Llama la atención que los numerosos testimonios del libro
difieren en muchos de los hechos, pero todos coinciden en el retrato de un
Parker genial y atormentado, lúdico y loco, egoísta y generoso… Contradictorio,
al fin y al cabo, una suerte de Quijote del jazz, innovando en el que dio en
llamarse estilo be-bop.
Su breve vida (murió a los 34
años) fue siempre sublimada por la música jazz, acompañada de la amistad de los
grandes músicos que este género ha dado. Así, destaca su amistad (a veces
transformada en riñas o envidias mal disimuladas) con los trompetistas Dizzy
Gillespie, primero, y luego el que acabaría siendo su sustituto, Miles Davis.
Otros músicos con los que el Pájaro tocó o grabó fueron: Max Roach (batería),
Tommy Potter (contrabajo), Lucky Thompson (saxo tenor), Walter Bishop (piano),
Tommy Turk (trombón), Erroll Garner (piano), Sara Vaughan (voz), Art Blakey
(piano) o Kenny Dorham (trompeta).
La historia de Charlie Parker es
también, de alguna manera, la historia de las minorías afroamericanas de los
años 40. Jóvenes de clases socialmente bajas que tenían en la música una vía de
escape y oportunidad de enriquecerse, pero, como le sucedió también al pobre
saxofonista, acabaron cayendo en el consumo desmesurado de alcohol y drogas.
Charlie Parker ha sido siempre un
icono de la música americana, que ha servido de inspiración a grandes artistas. Recordemos, por ejemplo,
el relato El perseguidor, de Julio
Cortázar, una especie de biografía literaria, o la película Bird, donde Forest Whitaker interpreta
al músico, dirigida por Paul Newman. Como señaló el propio Miles Davis, el gran referente del
jazz en los años 60: “Louis Armstrong y Charlie Parker, ésa es la historia del
jazz”.
La semana
pasada me di una vuelta por Action Comics (c/ Vinader, Murcia) a echar un
vistazo al material que tenían, y quedé gratamente sorprendido pues la tienda,
pese a no ser muy grande, tiene un poco de todo: comics americanos de las
grandes editoriales (Marvel y D.C.), novela gráfica europea, manga, juegos de
mesa, figuras,… Todo bien ordenado, y con un par de cajas de números atrasados
y colecciones completas de segunda mano que siempre se agradecen. Entre los varios
ejemplares que compré, como pequeña delicatessen
que suelo incluir como capricho, esta vez le tocó a Kingsman: The Secret Service, influido (supongo) por su reciente
estreno en el cine.
La novela
gráfica, publicada por Panini Comics, es obra de Mark Millar, Dave Gibbons y
Matthew Vaughn; y nos cuenta la historia de Gary “Eggsy”, un joven marginal de
los suburbios londinenses que acaba convirtiéndose en espía de la mano de su
tío, Jack London. Se trata de una parodia de ese género tan británico de la
novela de espías, encarnada por James Bond, pero al que Millar mezcla con el
ambiente marginal y degradado de los barrios decadentes londinenses, donde
conviven los hooligans más violentos
y sostenidos por el subsidio social. Tal y como señala Gonzalo Quesada en el
prólogo: “A Millar le parecía buena idea hacer que se mezclaran personajes de
extractos sociales tan diferentes como los personajes de James Bond y los de
Trainspotting”.
Toda la
historia se sostiene por los guiños de Millar a iconos de la cultura pop (por
las páginas del cómic aparecen Mark Hammill, Ridley Scott o David Beckham,
entre otros); su habitual humor negro (el rescate de Mark Hammill con el que se
inicia el relato es buenísimo); y por el trazo bien perfilado de Dave Gibbons.
Sin embargo,
en la historia hay algunos momentos en los que decae el nivel, como por ejemplo
la velocidad con la que se narra el entrenamiento de Gary, que en teoría dura
tres años, o los tópicos que aparecen a lo largo de toda la narración. A pesar
de ello, su lectura es entretenida y bastante recomendable para quienes no sean
muy sensibles a la ultraviolencia que practica Mark Millar en sus cómics (Kickass, Wanted), todo un Tarantino de la novela gráfica.
Un sábado de agosto de 1914 en
que la tarde se prestaba a ello, Anthime decide dar un paseo en bicicleta por
la campiña, aprovechando el sol para leer un rato sobre la hierba. Cuando
asciende a un montículo, al salir de la ciudad, una ráfaga de fuerte viento
está a punto de derribarlo y le obliga a poner pie a tierra. Desde esa
privilegiada vista de la Vendée, Anthime escucha el repicar de las campanas de
la ciudad: Francia acaba de declararle la guerra a Alemania, dando inicio al
primer gran conflicto mundial del siglo XX.
Tanto los periódicos, políticos,
militares y pueblo llano consideran que el asunto no es grave, pues en apenas
quince días se habrá solucionado el conflicto. Sin embargo, termina el verano,
y el conflicto continúa. Anthime y algunos de sus amigos del pueblo son
llamados a filas, y, una vez en el frente, descubren el horror que la historia
les tiene preparado en la I Guerra Mundial. Nada tiene lógica, todos los días
amanecen en una zanja llena de miembros amputados, bombas que resuenan sobre
sus cabezas, morteros que estallan llenando el espacio de humo y sangre…
Anthime pierde un brazo y es licenciado, con lo que puede regresar a casa y
pedirle matrimonio a Blanche, quien ya sabe que su antiguo novio Charles,
también amigo de Anthime, ha sido derribado en el aire. Finalmente, Anthime
deja embarazada a Blanche.
Una de las principales
características de la novela de Echenoz es su brevedad y concisión. Pese a
ocuparse de un tema que ha estado de moda en este reciente año 2014, por el
aniversario de la guerra, Echenoz no centra su mirada en los protagonistas de
la guerra, ni en las grandes batallas; antes bien, toda la novela gira en torno
a esos jóvenes sin demasiadas aspiraciones, pueblerinos burgueses que no
entienden realmente bien los motivos del conflicto y que se ven abocados a él
sin remedio. Anthime, Padioleau, Arcenel y Busois, además de Charles, se
presentan de manera humilde, imprecisa, y casi resulta de agradecer, pues el
horror de los bombardeos hace que, de una página a otra, perdamos al personaje
que hasta hace unas líneas estaba conversando con nosotros.
Echenoz se ciñe, por tanto, a esa
pequeña parte de la historia que Unamuno acertó a llamar la “intrahistoria”, la
historia de los personajes anónimos, sin cuya participación el devenir
histórico habría sido bien diferente, y cuyo recuerdo honran placas con
epitafios demasiado generalistas, a soldados desconocidos y libertadores de la
patria caídos.
Además, el autor francés demuestra su gran maestría en el arte de
narrar, pues lo condensado de la novela, apenas cien páginas, es suficiente
para transportarnos al convulso inicio del siglo XX mucho mejor de lo que
muchos y más voluminosos tratados de historia pueden hacerlo.
Esta novela
gráfica publicada por Salamandra Graphic narra el viaje de Fabio y Giovanni,
dos hermanos separados durante largo tiempo que se reencuentran debido al
fallecimiento de su padre. Durante la época de entreguerras, el joven Fabio
siente que su pueblo costero natal no puede ofrecerle las mismas oportunidades
que el vasto mundo, por lo que decide alistarse con los camicie nere y
salir a recorrer mundo. Abandona a todos hasta que su hermano Giovanni lo
encuentra en Francia ganándose la vida en combates de boxeo, y le convence para
regresar a por la herencia asignada, cumpliendo con la última voluntad del
progenitor.
Inician entonces
ambos hermanos un viaje de vuelta que no es sólo físico, sino también
sentimental. Los silencios en el coche, los reproches que se cruzan, la alegría
de los recuerdos de los tiempos pasados,… Alfred va combinando escenas de ese
pasado, marcadas por un estilo de dibujo sin trazo determinado, y con colores
predominantemente amarilláceos; con el presente, con los dibujos bien marcados,
y un tono anaranjado. Así vamos descubriendo los verdaderos motivos del exilio
de Fabio, cómo ha sido su vida, y, en oposición, cómo se ha mantenido,
cubriendo de alguna manera su lugar, el hermano menor, Giovanni.
En
el libro se destaca especialmente el tratamiento de un tema sentimental sin
caer en la sensiblería ni el melodrama: aunque evidentemente se suceden escenas
dramáticas y momentos cómicos, cuando llegamos a las viñetas finales asistimos
al reencuentro de Fabio con la vida que había dejado atrás, de la que huyó, con
la sensación de estar contemplando a personajes reales enfrentándose a
problemas cotidianos. La obra fue premiada en el Festival de Cómic de Angulema. El título, según he podido rastrear por la red, está tomado de una canción de Tony Dallara. Dejo aquí el vídeo y el enlace con la letra traducida.
Cualquier excusa es buena para
llegar a un libro. En mi caso, la lectura de El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, vino recomendada por
un amigo italiano, Pietro, durante la boda de una amiga común. Allí, entre
copas de vino y conversaciones más o menos forzadas, comenzamos a hablar de
literatura, y él me recomendó fervientemente la lectura de esta novela
italiana. Como suele ocurrir, recogí el título, que quedó relegado hasta casi
un año después, en concreto este verano pasado, cuando comencé su lectura.
La novela narra el inicio de la
vida adulta del soldado Giovanni Drogo. Destinado a la Fortaleza Bastiani, bastión
septentrional (el juego de palabras no es casual) de un país desconocido (probablemente
Italia) contra los tártaros o bárbaros del Reino del Norte. Al principio, Drogo
sueña con una gran carrera militar, cuyo punto de comienzo es una fortaleza
clave en la defensa del país, pero, al poco de llegar, se da cuenta de que
aquel no es más que un rincón olvidado del reino en el que nunca pasa nada. Tal
y como es advertido al principio, puede marcharse cuando quiera, pues el médico
de la fortaleza le facilitará la salida mediante prescripción. Aún así, el
capitán Matti lo convence para que pruebe durante cuatro meses. Giovanni
acepta, y en esos cuatro meses comienza a mimetizarse con la vida militar y
ordinaria: hace algunos compañeros, participa en la rutina diaria, los días se
suceden monótonamente,… Su primer permiso, que aprovecha para volver a la
ciudad, le ponen de manifiesto que ya ha perdido el contacto con los que una
vez fueron sus amigos, y con aquella mujer a la que alguna vez, tal vez
secretamente incluso para sí mismo, amó. De esta manera, Drogo cae en la cuenta
de que su única posibilidad es continuar en la Fortaleza, a la espera de un
enemigo que nunca llega.
La llegada de una división para
reformular las fronteras del país mostrará la rivalidad entre las distintas
secciones de un mismo ejército, y sacará a relucir el insensato honor militar,
que será la perdición del teniente Pietro Angustina, amigo de Drogo que se le
aparece en sueños invitándolo a acompañarlo. Se trata de sueños cargados de
simbolismo, aunque Giovanni es incapaz de descifrarlos. Angustina, muerto de
forma estúpida, es considerado como un héroe de guerra, sin haber luchado,
mostrando la falacia e hipocresía de los altos mandos.
Un par de hechos rompen la
monotonía castrense. Por un lado, un caballo que aparece en el desierto, tierra
de nadie sobre la que se ciernen los tediosos ojos de los vigías, y al que el
soldado raso Lazzari intentará capturar sin permiso de sus superiores: una
desafortunada coincidencia (ignora el santo y seña de la guardia saliente) le
hará perder la vida. El otro hecho significativo es cuando el teniente Simeoni
avista a lo lejos lo que parece ser una carretera que está siendo construida
por el enemigo para transportar tanques con los que atacar la fortaleza.
Paradójicamente, pese a que llevan una eternidad esperando a que pase algo, los
gerifaltes del bastión no ordenan acción alguna (salvo quitarle a Simeoni su
catalejo para evitar crear revuelo), y poco a poco comienza a disiparse la
certeza de que se trate de una carretera.
Giovanni asciende de graduación
militar al tiempo que envejece, simplemente por pura mecánica jerárquica, sin
ningún motivo justificado. Finalmente, un Drogo recluido en la cama, ya como
segundo en el mando de un reducto cada vez más abandonado, es alertado de la
llegada, esta vez sí, del enemigo. Lleva toda la vida esperando ese momento, y
sabe que al menos le quedará el honor de poder morir en el campo de batalla,
pero su frágil condición física obliga al coronel Simeoni, como alto mando del
bastión, a apartarlo de la Fortaleza Bastiani, siendo enviado a una pensión
cercana donde termina sus días.
La novela se enmarca dentro de
toda una tradición muy desarrollada en la literatura del siglo XX, lo que
podríamos llamar las novelas de espera.
Pueden citarse títulos como Esperando a
Godot, de Samuel Beckett; El coronel
no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez; o, muy próximas a
Buzzati, las novelas de Kafka, como El
proceso. No en vano, todas estas novelas tienen como uno de sus fines
mostrar el absurdo existencial de determinados sistemas (judicial,
administrativo, militar) que anulan la voluntad humana y la individualidad en
pos de una colectividad uniforme e insulsa. No es menos la novela que
comentamos, pues Buzzati utiliza muy bien algunos elementos a su alcance para
mostrarnos esa absurdidad extrema. Por ejemplo, el caso de la muerte de
Lazzari, una muerte estúpida, cuando había acudido a recoger el caballo
extraviado que aparece en el páramo desierto, y que es disparado por sus
compañeros (pese a que lo reconocen, aunque no se mencione), por desconocer la
contraseña para ese día.
El tema principal del relato es
esa crítica que realiza Buzzati a la sinrazón del mundo militar, que lleva a
los individuos a desposeerse de sus sueños y esperanzas. Drogo es el ejemplo de
esta pérdida de la identidad en pos de un supuesto bien común, la salvaguarda
del reino: alejado de la vida civil, consume sus días en la mecánica repetición
de actos. Tan sólo al final, cuando, ya enfermo, ni siquiera sale de su
camastro, y es avisado de que se acercan los enemigos, su vida parece cobrar
sentido: Giovanni recuerda todos aquellos compañeros que se trasladaron de la
Fortaleza, en busca de un destino más activo en el que poder hacer carrera
militar. Pero la vida es implacable, y la enfermedad le impide poder participar
en la batalla, tener una muerte digna. Su indolencia vital ha sido fiel hasta
el final. Drogo se despide en la cama, dibujando en el último momento una
sonrisa en sus labios, la única que esboza en toda la novela.
Buzzati inserta la narración en
una temporalidad y especialidad indeterminadas. Desconocemos cuándo se produce
la acción (tal vez en los albores del siglo XX), así cómo dónde sucede ésta
(posiblemente algún territorio colonial italiano). Esta indeterminación
contribuye a crear en el lector esa sensación de pérdida, de extravío existencial,
pues el tiempo es un círculo ad aeternum
en el que todos los días y todos los actos son repetidos, y cuya única muestra
de avance es el deterioro físico que produce la edad.
Una última cuestión interesante
es la de la identidad de los tártaros. Bajo esa identidad se esconde el otro,
el desconocido, el bárbaro; una idea muy extendida en toda la literatura, y que
Buzzati recoge, es el miedo a ese desconocido que es diferente de lo que uno
es; y que, a falta de un conocimiento más profundo, se convierte en recipiente
sobre el que verter nuestros miedos y odios colectivos, el enemigo del que hay
que protegerse aunque, como se afirma en la novela, ni siquiera se sepa por qué
se lucha, o de quién hay que defenderse. Una de las caras de la otredad, sin duda,
que lleva al apático Giovanni Drogo a perder la esperanza y a vivir en soledad:
“Poco a poco la confianza se
debilitaba. Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de
ello con nadie. Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los
hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecían alejados; si uno
sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una
mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor
sea grande, y eso provoca la soledad en la vida.”
Existe una versión para el cine
dirigida por Valerio Zurlini en 1976, y protagonizada por Jacques Perrin como
Drogo, además de contar con la participación de Vittorio Gassman, Francisco
Rabal y Fernando Rey.
Fiel a mi tardanza general, motivada por mi poliocupación,
vengo a comentar la obra completa, recogida en tres volúmenes por Norma
editorial, de Las aventuras de Adéle
Blanc-Sec¸ obra del genial Jacques Tardi.
El personaje principal, heroína de las historietas, es Adéle
Blanc-Sec, una escritora francesa afincada en París que vive de publicar sus
propias aventuras. Es una mujer atractiva, capaz de despertar pasión en los
hombres y celos en las mujeres, que, muchas veces de manera absurda, se ve
envuelta en aventuras bastante dispares.
Sus aventuras transcurren en un París pre-contemporáneo, en
torno a 1911, con los tambores de la I Guerra Mundial ya sonando de fondo. De
hecho, el personaje de Adéle es una prolongación del antimilitarismo declarado
de su autor, Tardi, como ya demostró en la obra ¡Puta guerra!. Pese al nacionalismo reinante en Francia por
aquellos años (recordemos el caso Dreyfuss y el asesinato de Jean Jaurés), Adéle
muestra un contrapunto cínico contra aquellos que promueven la lucha armada
como solución política a todo.
Las aventuras de Adéle están impregnadas de lo fantástico y
lo sobrenatural: pterodáctilos salvajes, momias que vuelven a la vida, sectas
babilónicas secretas con lo más selecto de la sociedad parisina,… La galería de
personajes secundarios es igualmente importante, pudiendo estos clasificarse
según sus diferentes funciones:
- Entre los científicos, destacan el profesor Ménard
(responsable del Jardin des Plantes y quien devuelve, cual Frankenstein, al
pterodáctilo a la vida), Robert Esperandieu (quien sorprende al convertirse en
uno de los villanos contra los que lucha Adèle) y el profesor Dielevault (otro
de los grandes enemigos que tiene la escritora en su contra).
- La policía aparece siempre caracterizada entre
incompetente, en el caso del comisario Caponi y del detective Simón Flageolet;
cruel y déspota, en el caso del comisario Laumanne; o manipuladora y corrupta,
como le sucede al comisario Dugommier, líder de la secta adoradora de Pazuzu.
Curiosamente,
los bandidos muestran dos caras diferentes: los hay que intentan asesina a Adéle
(sus primigenios ayudantes Albert y Joseph, o el tirador Thomas Rove); pero
entre éstos se cuenta el que parece el único hombre por el que se ha interesado
la damisela parisina, Lucien Ripol, que aparece en su primera aventura, Adéle y la bestia.
- Sus amistades, si es que pueden calificarse como tal, y
que sirven de contrapunto cómico a la intriga principal, se sitúan siempre en
el lado de la marginalidad y el ocultismo, muy a menudo salpicados por el
alcoholismo. Es lo que le ocurre al soldado Lucien Brindavoine, excelente
ejemplo de militar asqueado de la guerra y del trato que la sociedad les
dispensa a los soldados tras la misma; el payaso y humorista Roy o la momia (sí,
una momia) que tenía Adéle en su casa y que, un día, tras cuatrocientos años
dormida, cobra vida y se marcha a conocer el incipiente siglo XX en Momias enloquecidas.
- Mención especial merece el multimillonario, y malvado, Otto Lindenberg, un capitalista especulador condenado a la parálisis, que, sin embargo, es capaz de ejecutar el mal por puro placer. Recuerda, poderosamente, a cualquiera de esos magnates que pueblan la geografía mundial, que hacen y deshacen con su dinero sin que ningún gobierno sea capaz de controlarlos, y que carecen de ética porque la ley no se hizo para ellos.
Toda la saga se enmarca dentro de la denominada corriente steampunk, en la que el retrofuturismo
se basa en la estética victoriana de finales del XIX y principios del XX, con
los adelantos técnicos -y visionarios- surgidos en la época. Todo ello, por
supuesto, bajo el prisma cínico de Tardi, quien muestra su desconfianza hacia
el ser humano a través de los diálogos de los personajes.
Los tres tomos de la edición completa de Norma Editorial se completan con la novela gráfica "El demonio de los hielos", una historia muy del estilo de Julio Verne, una referencia fundamental, sin duda, para Tardi.
Este año 2014 ha resultado
importante para el clásico norteamericano de Francis Scott Fitzgerald. Al
estreno de la película realizada por Martin Scorsese y protagonizada por
Leonardo DiCaprio, hay que sumarle la aparición de la novela gráfica de
Stéphane Melchior-Durand y Benjamin Bachelier.
Una de las principales
características de la adaptación novela gráfica son las diferencias que
presenta con respecto al original norteamericano. Así, por ejemplo, la acción
no se sitúa en los Estados Unidos de los años 20, sino en el Shangai de la
actualidad, siendo los personajes caracterizados con rasgos asiáticos. Por otra
parte, la supuesta homosexualidad de Nick Carraway, que en la novela original
es tan sólo sugerida (lógico si tenemos en cuenta que se publicó en 1925),
aparece en la novela gráfica de manera explícita, ya que mantiene una relación
sexual con Chester.
Nick Carraway es un joven
arquitecto sin demasiadas ambiciones, cuya vida se ha guiado por un consejo
paterno: nunca juzgar a los demás. Por casualidad, logra adquirir una vivienda
en el barrio de moda de la ciudad, junto a la mansión de un enigmático Gatsby,
del que todo el mundo ha oído hablar. Nick entra de nuevo en contacto con su
prima Daisy, una flapper, y su marido, Tom Buchanan, un rico bravucón cuyo
matrimonio es una pelea constante. Durante una cena con Tom, Daisy y una amiga
de ésta, Jordan Baker, Nick menciona que es vecino de Jay Gatsby. Más adelante,
Tom lleva a Nick a presentarle a su amante, Myrtle Wilson, casada con George,
un mecánico pusilánime. Tomando una copa con Myrtle, Tom, Catherine (la hermana
de Myrtle) y Chester, un vecino fotógrafo, Carraway descubre que Gatsby está en
boca de todos los personajes de la alta clase social de la ciudad. Es un hombre
misterioso del que no se sabe la procedencia de su fortuna.
El enigmático Jay Gatsby es
conocido porque ofrece grandes fiestas los sábados por la noche en su mansión.
En una de esas fiestas, Nick conoce a Gatsby, y traban amistad. Por medio de
Jordan, Nick se entera de que Gatsby y su prima Daisy tuvieron una relación
amorosa que se terminó a causa de la guerra, y del matrimonio de Daisy con Tom.
Juntos, diseñan un plan para que Gatsby recupere a Daisy. Nick invita a su
prima a tomar el té, y allí se presenta Gatsby, quien finalmente logra convencer
a Daisy para seguir viéndose.
Tiempo después, Gatsby acude a
casa de los Buchanan. El encuentro entre éste y Tom muestra que ambos chocan
frontalmente. Durante un baño en la piscina, Tom se enfrenta a Gatsby, y éste
le revela que mantiene una aventura con su mujer. Enfurecido, todos abandonan
el edificio. Trastornada por la escena que ha contemplado, y bajo un intenso
aguacero, Daisy atropella mortalmente a Myrtle, quien se había lanzado contra
el coche pensando que era Tom quien conducía. Para encubrirla, Gatsby dirá que
el accidente ha sido culpa suya. Perturbado por la muerte de su mujer, George
Wilson es manipulado por Tom, y acaba colándose en la finca de Gatsby para
asesinarlo. Después, se suicida de un tiro en la cabeza.
Tom y Daisy rompen lazos y
abandonan la ciudad. Nick, que también rompe con Jordan, se encarga de arreglar
el funeral de Gatsby, al que no asiste nadie, excepto el padre de Jay, que le
encarga cumplir el sueño de la niñez de Gatsby. En el jardín, frente a la luz
verde que hipnotizaba al protagonista (desde donde se ve la casa de Daisy, al
otro lado de la bahía), Carraway afirma que es el deseo de replicar el pasado
lo que nos hace volver a él todo el tiempo.
La novela de Scott Fitzgerald
supuso un hito de la literatura norteamericana por reflejar de manera fiel la
crisis de los años 20, una época vivida a ritmo de jazz y alcohol que acabó
truncada con el crack del 29, en el
que se puso de manifiesto el poder del dinero y la avaricia de las clases
sociales más elevadas, cuya superficialidad en los temas referentes a la moral
era también bastante elevada.
Sin duda alguna, los personajes construidos por Scott Fitzgerald mantienen
por sí solos el ritmo de la novela, en especial el protagonista, Jay Gatsby,
cuya figura se va dibujando a nuestros ojos siguiendo los comentarios e
impresiones de quienes lo rodean y frecuentan, y obteniendo, por tanto, una
visión parcial e intrigante del personaje.
El final de la primera mitad del
siglo XX estuvo marcado, indiscutiblemente, por dos sucesos que afectaron a
Europa de manera determinante. Por un lado, la Guerra Civil española, que
resultó ser el preámbulo del segundo de esos acontecimientos, la II Guerra
Mundial.
La novela se inicia con el exilio
de Karmentxu, una de las miles de niñas y niños que fueron enviados a hogares
de acogida durante la contienda española. En el caso de la niña bilbaína, ella
y su hermano fueron enviados a Gante, donde cambiará la vida del joven escritor
Robert Mussche. Gracias a ese hilo de unión, los años que pasa Karmentxu en
casa de los Mussche, logramos ir conociendo la vida y destino de un escritor
casi anónimo que vivió el horror de la ocupación nazi, y que luchó (pagándolo
con su vida) contra la opresión que el régimen alemán quiso extender a toda
Europa.
Sin embargo, lo verdaderamente
importante de la novela no es tanto el trasfondo, que sirve para contextualizar
la vida de Mussche, como la actitud y determinación que éste fue adoptando a lo
largo de su vida, cómo su forma de ser y pensar, rescatada por Kirmen Uribe, se
convierte en un alegato que representa, como bien dice el título, lo que mueve
el mundo.
Uribe traza de manera ejemplar la
biografía de un hombre casi desconocido, un poeta perdido en la época de
guerras, comprometido intelectualmente con las ideas socialistas y las
libertades. Se trata de una novela de la memoria, cuyo final, triste pero sin
embargo esperanzador, y los testimonios que recoge a lo largo de toda la
novela, nos transmiten una actitud moral frente a cualquier sinrazón que la
barbarie pueda provocar: Kirmen Uribe nos dice, a través de los hechos de
Robert Mussche, qué es lo realmente importante, qué es lo que mueve el mundo:
el amor, la amistad, la abnegación,…
De la novela en sí quiero
destacar dos aspectos. De una parte, la mezcla de ficción y realidad, que
aparecen entrelazadas como un solo ente. Uribe-narrador y Uribe- personaje se
confunden, al igual que se confunden las voces narrativas, y a partir de un
suceso contado durante un encuentro literario en Bogotá, el escritor vasco va
tirando del hilo de la historia, contactando con Karmentxu y la familia belga
que le acogió, rescatando los fragmentos de la vida de Mussche y mostrándonos
el mosaico que se configura la vida de una persona real, perdida en el
maremagnum de una época convulsa.
De otra parte, la poeticidad está
latente durante toda la novela, pues es incuestionable que Uribe es, ante todo,
un poeta. Así, en determinado momento, afirma esa voz de Uribe que se confunde
entre narrador y personaje:
“Un viejo poema chino dice que si
dos personas se quieren mucho, sin han estado muy unidas y una de las dos
muere, la que muere en realidad es aquella que sigue andando.”
Henry Wilt
es un aburrido profesor de Formación Profesional en una ciudad inglesa. Carece
de ambición e iniciativa y sus alumnos eluden cualquier tipo de enseñanza por
su parte, motivos por los cuales no llega nunca a consolidar su plaza de
profesor en el Centro de Formación, y es reprochado por su mujer, Eva, llena de
carácter y fuerza y que se mueve impulsivamente. Cada tarde, mientras pasea a
su perra, Wilt fantasea con la posibilidad de asesinar a su mujer. Por su
parte, Eva conoce en un curso de XXXX a Sally Pringsheim, una americana que
encandila a Eva con sus teorías sobre la liberación sexual femenina.
Los Wilt
asisten a una fiesta en casa de los Pringsheim llena de seudointelectuales, y
en la que Henry es acosado por Sally. Al negarse a tener relaciones con ella,
ésta le golpea dejándolo inconsciente, lo desnuda, y le acopla una muñeca
hinchable, Judy. Cuando Henry vuelve
en sí, intenta liberarse de la muñeca, golpeándose en la cabeza y llamando la
atención de todos los invitados, quienes lo descubren. Avergonzado y ebrio se
marcha de la fiesta, y Eva se queda, consolada por Sally y Gaskell.
Wilt decide
llevar a cabo su plan de asesinato con la muñeca hinchable: la viste como su
mujer y la arroja al agujero de los cimientos del nuevo edificio del instituto.
Al día siguiente, cuando los obreros están empleando el hormigón para el pilar,
creen vislumbrar el cadáver de una mujer, pero ya el cemento lo ha cubierto. Se
inician las pesquisas policiales, y al final Wilt es acusado de haber asesinado
a su mujer y a los Pringsheim, quienes en realidad han cogido prestado un yate
y han embarrancado. Como la policía no encuentra a su mujer, y son incapaces de
creer la verdadera historia de cómo llegó Judy
hasta el agujero, Wilt estará retenido hasta que, al fin, Eva aparece medio
desnuda en casa de un párroco dipsómano e informa de que su marido nada ha
tenido que ver con su supuesto asesinato.
La novela de
Tom Sharpe con la que inició una exitosa serie protagonizada por el anodino
Wilt es realmente entretenida. El humor ácido se superpone una escena tras
otra, creando confusiones en las que nada es lo que parece, y a las que
nosotros, lectores que hemos visto cómo se ha ido desarrollando la trama, hemos
asistido divertidos.
Tras esa
impregnación humorística latente en casa episodio se esconde, como no podía ser
de otra manera, una crítica a la sociedad inglesa, que es en realidad
extensible a cualquier sociedad occidental.
De un lado,
tenemos el que a mi juicio es el gran tema de la obra, la hipocresía. Ésta está
patente en el comportamiento de prácticamente todos los personajes con el
antihéroe Wilt: sus alumnos le golpean, sus compañeros le desprecian, su mujer
le ningunea,… Estamos en la sociedad en la que el valor de una persona se mueve
por la apariencia, no por el contenido verdadero. De ahí que, pese a estar
detenido, Wilt se considere realmente libre. La sociedad ya lo ha juzgado y
encontrado culpable, pese a que no hay cadáver ni móvil. Por otro lado, de una
forma sarcástica Tom Sharpe afila sus dardos dirigidos a esos
seudointelectuales cuya cháchara engañabobos no es más que una cáscara vacía y
desprovista de sentido, encarnados en el matrimonio Pringsheim, personajes de
una moda a punto de pasar. Del matrimonio americano, sin duda el mejor carácter
es el de Sally Pringsheim, verdaderamente digna del psicoanálisis, cuya forma
de hablar es producto de su teoría de la liberación sexual:
- Jódeme,
nene Henry- dijo, y se alzó la falda-. Móntame, querido. Dale hasta gastármelo. - Eso- dijo
Wilt- iba a ser un poco difícil. - Oh ¿Por
qué? - Bueno, por
una parte sería imposible; y, en realidad, ¿por qué iba a hacerlo? - ¿Quieres
una razón? ¿Una razón para joder? - Sí- dijo
Wilt-. Sí que la quiero. - Razón es
traición. Siente libremente. Tiró de él
hacia sí y le besó. Wilt no se sentía en absoluto libre. - No seas
tímido, nene. - ¿Tímido?-
dijo Wilt, desplomándose de costado- ¿Tímido yo? - Claro que
lo eres. Está bien, ya sé que la tienes pequeña. Eva me lo dijo…
Tom Sharpe
maneja perfectamente la transición de Wilt, insertándose en esa tradición que
es tan británica como el propio esnobismo sobre el que se satiriza en la obra.
Me estoy refiriendo al humor british,
del que pueden servir como exponentes los Monty Python, pues ésta es sin duda
una novela cuyas imágenes parecen sacadas del sexteto chiflado.