Pyongyang es el título de una gran novela gráfica escrita y
dibujada por Guy Delisle. También es la capital de Corea del Norte, el (no sé
si declarado por alguien) país más hermético y cerrado del mundo, donde el
régimen dictatorial de un Kim (ahora van por Kim Jong-Un, según aparece en
Wikipedia), ha bloqueado todo contacto entre el mundo y el interior de la parte
septentrional de la península de Corea.
Es precisamente ese aislamiento lo que provoca en el resto
del mundo el interés por conocer qué es lo que sucede realmente en Corea del
Norte, de donde la poca información que llega está repleta de noticias increíbles;
con la natural curiosidad y morbo hacia un país donde los derechos humanos son
un vestigio del pasado.
El dibujante canadiense Guy Delisle aprovecha una estancia
laboral en Pyongyang, donde revisa la producción de una serie de animación para
un canal francés, para dar cuenta mediante la novela gráfica de la realidad del
país norcoreano. En su equipaje, revisado al entrar y al salir del país, un
discman con un par de discos de Aphex Twin y el clásico de Orwell 1984, que servirá como referente para
comparar la distopía imaginada por Eric Blair con la que se da en Corea del
Norte.
Todos los movimientos de Delisle están acompañados por un
guía-traductor y un chófer cuya verdadera misión es vigilar todos los
movimientos del extranjero. La vida rutinaria de Delisle durante su estancia,
la incomunicación general con el mundo exterior (no tienen libre acceso a
Internet, claro está) y las pocas visitas a monumentos levantados a la gloria
del generalísimo líder y sus predecesores marcan el día a día del dibujante,
que consigue transmitirnos en tono documental la increíble situación de un país
anclado todavía en la Guerra Fría y en los conflictos del siglo XX.
Rafael Chirbes posee un estilo
prodigioso, capaz de enlazar oraciones una tras otra, yuxtaponiéndolas con una
pasmosa facilidad. Su dominio del diálogo, en las diferentes variantes de la
lengua, le sirven para caracterizar acertadamente a los personajes: da la
sensación de que cada uno de los personajes que conforman el universo de Olba
son seres reales, y esta sensación se debe, sobre todo, a la capacidad del
escritor valenciano para el diálogo. Otro tanto sucede con sus descripciones. Lejos
de ser éstas prolijas y de entorpecer o detener el ritmo de la narración,
construyen perfectamente el mundo atosigante en el que se desenvuelven los
caracteres. El léxico es un bisturí preciso en manos de Chirbes que se abre
paso hasta el fondo de nuestra consciencia para insertarnos la trama, sin
dolor, permitiendo que olamos el marjal o que sintamos el asco ante la rutina
cotidiana del padre de Esteban.
Frente a su anterior novela, En la orilla recrea el estado de
desolación de España tras los conocidos como “años dorados” del urbanismo
especulativo. Crematorio narraba la
fiesta, el desmadre urbanístico, con sus miserias y oropeles. Las corruptelas
de personajes envalentonados por el dinero ganado ilícitamente eran el fiel
reflejo de la España de los años 90, de la cultura del “pelotazo”, del carpe diem del ladrillo. Por el
contrario, En la otra orilla muestra
el día de después de esa fiesta, cuando toca la limpieza, y la mayoría de
invitados, si no todos, se marcharon, fueron más listos que tú y no te ayudarán
a recoger los restos. Las dos novelas ofrecen protagonistas antagónicos, pues
los que se mantienen en pie en Crematorio
son falsos héroes, antihéroes construidos sobre la falta de moral y escrúpulos,
mientras que los derrotados de En la
orilla poseen un halo épico, la compasión que otorga el mal de muchos.
El protagonista principal de la
novela es Esteban, dueño de una carpintería heredada de su padre, a quien la
especulación urbanística convierte a la vez en víctima y verdugo. La
carpintería quiebra, y Esteban se ve obligado a despedir a los trabajadores y a
dedicarse al cuidado de su anciano padre, con quien siempre ha mantenido una
relación difícil “edipesca”. Además, como contrapunto a Esteban, aparece
Francisco, su amigo de la infancia, que establece el triángulo amoroso con la
fallecida Leonor, la mujer que fuera novia de Esteban en la juventud y mujer de
Francisco en la adultez; y cuyo recuerdo se alza entre ambos como un fantasma
nunca nombrado. Esteban representa el peso de la ideología (su padre,
republicano, estuvo escondido en el marjal durante la posguerra), el peso de la
abulia (es incapaz de escapar del pueblo, para labrarse un futuro mejor, como
si han hecho, con mejor o peor fortuna, sus hermanos), el peso de la realidad
(que se descarga sobre él y los que de él dependen, mientras que el promotor
Pedrós huye a Brasil con el dinero, y Esteban queda en Olba con las deudas), el
peso de la responsabilidad (Esteban carga con el padre enfermo, mientras que
sus hermanos viven fuera esperando tan solo una herencia que ya ha sido
dilapidada en la especulación de Esteban). Frente a él, surge Francisco, el
amigo de juventud del pueblo, perteneciente a una arraigada familia de
derechas, aunque él siempre se manifestó de izquierdas, al menos mientas ser de
izquierdas, y llevar chaquetas de pana, y afiliarse al PSOE clandestino era la
novedad; hasta que hubo de sentar la
cabeza, estableciéndose en el mundo de la alta gastronomía como enólogo (otro
mundo de impostores), y ahora, ya retirado, regresa a Olba a intentar retomar
una amistad traicionada con Esteban, a contarle sus penas, a restregarle sus
éxitos.
No son los únicos personajes que
aparecen. Una de las características del estilo de Chirbes es el uso del monólogo
interior para reflejar los pensamientos y sentimientos de los personajes. La
otra gran característica, a mi juicio, es el empleo de la perspectiva múltiple.
Si bien es cierto que predomina sobre todo el relato la voz de Esteban como
narrador; existen otros personajes que reflejan diferentes estratos de la
sociedad, y que son víctimas también de la ambición y la falta de escrúpulos de
los poderosos, que presentan también sus problemas y contradicciones y
miserias. Es el caso del magrebí Ahmed, que trabajaba en la carpintería, y con
el que se inicia la novela cuando descubre restos humanos en el marjal (¿el
padre de Esteban?); o de la ecuatoriana Liliana, que cuida del padre de Esteban
hasta que éste se ve obligado a prescindir de ella, y que vive también su
propio drama con el marido en paro y alcohólico; o de Joaquín, padre de tres
hijos, antiguo barrendero y trabajador de la carpintería, que es el fiel
reflejo de los hombres de mediana edad a quienes el despido les pilla demasiado
jóvenes para alcanzar a jubilarse, pero demasiado viejos como para alcanzar a
reciclarse y encontrar otro trabajo.
En definitiva, esta novela es el
resumen perfecto de la España del siglo XXI, esa España que recuerda con
nostalgia y cierto fervor el reciente pasado “glorioso” (la Transición, la
modenización, los Juegos Olímpicos y Exposiciones Universales, el crecimiento
de las ciudades, los éxitos deportivos,…) que se aferra con uñas y dientes a su
condición de Europa para no salir (al menos, no del todo) de la sociedad del
bienestar, pese a que los sacrificios a los que nos hemos visto obligados
contradicen precisamente ese sintagma tan paradójico, la “sociedad del
bienestar”.
Oigo el runrún del parloteo del
promotor y el mío propio, y hasta veo la escena, la jornada en que coincidimos
en el restaurante, no me acuerdo cómo me dijo el tipo que se llamaba, pero miro
con melancolía aquellos tiempos de inocencia. Qué habrá sido de él y de sus jilgueros
trinadores. La edad de oro estaba a punto de llegar, la tocábamos con la punta
de los dedos, faltaba el canto de un duro, pero ha faltado, y al saltar para
tocarla, nos hemos caído de culo: ahora todo se ha hundido, así fue la cosa, el
dinero caído del cielo (al bueno del promotor le caía desde los andamios, yo
tenía varios manantiales por los que brotaba), las comidas multitudinarias, la
coca y la puta que sopla el trombón; y el pádel y el squash y el pilates y el
brunch. Duró lo que duró, no estuvo mal, las mil generaciones que nos preceden
no tuvieron un día de su vida así, la verdad que no, y ahora nos queda el dolor
de cabeza que deja la resaca, ese clavo en la sien (gajes del oficio, no hay placer
sin riesgo ni felicidad que cien años dure), porque las cigarras no se
preocuparon de guardar para cuando llegasen los malos tiempos, y en estos
momentos no es que no haya para whisky o para coñac francés: es que no hay ni
para Saimaza en la despensa de casa, ni para meter en la nevera unas chuletitas
de cordero congelado, no digo ya una cola de merluza de pincho recién pescada,
o un mero, eso ya ni lo sueñen, es hora de llanto y crujir de dientes, de
arrepentimientos: ¿adónde fueron los billetes de antaño?, ¿qué se hizo de
aquellos hermosos billetes morados?
Un género que parece estar en
auge, el de la biografía bajo la forma de una novela gráfica. En los últimos
tiempos existen bastantes ejemplos de ello: Alfonso Zapico y su Dublinés, el Kafka de Robert Crumb, o
incluso una de las grandes obras de todos los tiempos, no sólo dentro del ámbito
de la novela gráfica, como es Maus,
de Art Spiegelman.
Esta obra de Box Brown nos narra,
por tanto, la vida de André Rousimoff, más conocido como André el Gigante,
luchador profesional de los años 70, 80 y 90. André llegó a medir 2,28 centímetros y
a pesar 272 kilos, debido a una rara enfermedad, la acromegalia, un desarrollo
desmesurado de todo su cuerpo, que le pronosticaba también una muerte
prematura, dado que ni sus órganos ni sus huesos podrían soportar tal velocidad
de crecimiento. Con estas condiciones, el joven André sale de la granja de sus
padres en Moulien, un pequeño pueblo de Francia, y acaba entrando en el mundo
de la lucha libre profesional, donde se convierte en toda una leyenda. El autor
va desgranando los entresijos de un negocio típicamente norteamericano, donde
el espectáculo prima por encima de todo interés, y donde André consigue alzarse
con el campeonato previamente amañado. A las vicisitudes del negocio en
diferentes lugares en los que está arraigado (Estados Unidos, Japón, Francia,…)
se le une una vida llena de incomodidades dado su tamaño, y sometido al
desprecio del mundo en general.
El principal punto de interés de
la obra se centra, a mi juicio, en contar cómo fue la vida del hombre más
fuerte y grande del mundo en aquel momento, y en la paradoja que se da con
algunas situaciones. Por ejemplo, el hecho de que no pudiese entrar al baño de
los aviones que tomaba. Realmente, André tuvo que sufrir una vida llena de
incomodidades que terminó con una terrible ironía final: el hombre más grande
del mundo estaba condenado a no poder levantarse de su silla.
Aunque la lectura del cómic es
entretenida y rápida, echo en falta la poca profundización sobre algunos de los
aspectos relevantes de la vida del personaje. Apenas se ofrecen algunas
pinceladas, si bien es cierto que el propio autor confiesa que ha ido reconstruyendo
los hechos a partir de vídeos, entrevistas, recortes de prensa y el testimonio
de quienes conocieron a André.
Por último, cabría destacar el
que es el mejor momento de toda la novela, aquel en el que se describe
detalladamente la pelea de André con Black Gordman y El Gran Goliat en Los Ángeles
de 1974, y donde se da cuenta del mundo de la lucha libre. La pelea, que podría
haber sido cualquier pelea, tiene un guión establecido en el que se juega con
los maniqueos sentimientos del público, hay un babyface o técnico, que es el luchador bueno, frente a un rudo o
villano, que utilizará toda clase de artimañas ilegales para ganar un combate
que, no obstante, caerá del lado del técnico, cuyo carácter épico terminará por
completar el espectáculo. Una vez pasado el tiempo de gloria, el técnico suele convertirse en rudo, para ceder el sillón a otro luchador, cosa que sucedió a André con Hulk Hogan, en el famoso combate del Pontiac Silverdome de 1987.
Esta obra
que figura entre las más conocidas del escritor francés Julio Verne fue
publicada originalmente en el Magasin d’Éducation
et de Récréation, en 1869, la primera parte y un año después la segunda. En
ella se nos cuenta que la desaparición
de diferentes embarcaciones a lo largo de todo el mundo, se deben al parecer a
un narval gigante, por lo que se organiza una expedición con objeto de identificar
y matar al monstruo marino. En esta expedición participarán el científico narrador
y protagonista, Pedro Aronnax, así como su criado Consejo y el arponero
canadiense Ned Land. Tras un par de semanas persiguiendo el rastro del
monstruo, el barco en el que viajan es violentamente golpeado en su casco y se
hunde irremediablemente. Aronnax y Consejo son rescatados por Ned Land, quien
consigue ponerlos a salvo en lo que parece ser una isla, pero que es en realidad
el Nautilus, un submarino al que se había confundido con el monstruo marino.
Dentro de éste, conocen al capitán Nemo, un personaje fascinante, cuyo odio por
la humanidad terrestre es equiparable a su gran erudición marina y su incuestionable
liderazgo dentro del Nautilus. Prisioneros en el interior del submarino, ya que
conocen su existencia, comenzarán entonces un viaje a través de los siete
océanos de la superficie terrestre donde les serán revelados los grandes
secretos de la vida submarina.
Aunque
Aronnax se muestra reacio a ello, ya que se siente feliz al poder estudiar toda
la fauna marina, los tres deciden escapar durante una de las veces en las que
el Nautilus asoma a la superficie para renovar sus reservas de aire. Además, el
capitán Nemo se muestra cada vez más misterioso y aislado, debido al continuo
hostigamiento que sufre de los buques de guerra de la superficie. Finalmente, aprovechando
la confusión provocada por el ataque de un calamar gigante al Nautilus; Aronnax,
Consejo y Ned Land consiguen llegar hasta la costa noruega, donde son
rescatados.
Esta novela
pertenece, como casi toda la obra de Verne al género de la ciencia-ficción. Se
ha señalado en multitud de ocasiones cómo Julio Verne se adelantó a los avances
técnicos que años después lograría la ciencia. Precisamente, uno de los logros
de la novela es la explicación lógica y plausible de la vida humana bajo el mar:
escafandras autónomas, la producción de aire dentro del submarino, el
aprovechamiento al máximo de los recursos marinos (algas, peces,…), los fusiles
y armas,… Todo esto contribuye a la magnificencia del Nautilus, que se convierte
en un espacio mítico dentro de la literatura.
Dicho
espacio lo comparte con el que es el personaje más interesante de la obra, el
capitán Nemo. Hay dos datos interesantes en torno a él. Por un lado, ha quedado
demostrado que, en realidad, el vengativo capitán Nemo era un trasunto del
propio Verne, lo que le llevó a enfrentarse a su editor francés, quien quería
suavizar el carácter a veces violento del capitán. Por el otro, el nombre del
capitán puede relacionarse con el significado latino del término: Nemo es
Nadie, o Ninguno. Así pues, tenemos de nuevo a un gran navegante llamado Nadie
que muestra su astucia para sobrevivir. El antecedente de éste puede buscarse
en la gran obra de cierto aedo invidente de Grecia.
El misterio
en torno a Nemo se mantiene durante toda la obra. Pese a su trato correcto con
Aronnax, no duda en ocultarle a éste aquello que cree que puede poner en
peligro al Nautilus o a su tripulación. Su pasado es también oculto: no sabemos
ni su origen, ni su nacionalidad, ni cómo llegó a odiar a la humanidad que vive
sobre la faz de la tierra y se recluyó bajo las aguas. Los pocos datos que el
narrador Aronnax nos da son imprecisos: su inglés no tiene ninguna clase de
acento, domina además otros idiomas, y su fisionomía y forma de vestir no son
tampoco determinantes.
Los otros
tres personajes son en realidad tres manifestaciones de un mismo ser: por un
lado, el científico Pedro Aronnax representaría la parte racional de todo ser
humano; Consejo es la parte inconsciente (lo demuestra cuando antepone la vida
de su señor a la suya propia) y el temeroso a la par que valeroso Ned Land
sería el elemento concupiscente o pasional, la pura fuerza bruta.
El estilo
que emplea Verne es muy minucioso. Demuestra tener un grandísimo conocimiento
del mundo marino, tanto que podemos considerar el libro como un tratado de
biología marina. Sin embargo, la minuciosidad de las descripciones de peces y
otros animales, aunque a veces resulta fascinante por lo singular de las
especies descritas, en ocasiones dificulta la agilidad de la novela. No
obstante, hay que reconocer que la contextualización es asombrosa dados los
pocos medios al alcance de Julio Verne a finales del siglo XIX.
Como dato
curioso, existe una versión en película de los estudios Disney de 1954,
dirigida por Richard Fleischer e interpretada por James Mason (cap. Nemo), Kirk
Douglas (Ned Land), Peter Lorre (Conseil) y Paul Lukas (Pierre Aronnax).
También el personaje de Nemo y su Nautilus aparecen en la serie de cómics de
Alan Moore y David O’Neill, La liga de
los hombres extraordinarios.
La unidad de
medida a la que hace referencia el título podría tratarse de una legua marina,
que equivale a 5,556 kilómetros, con lo que las 20.000 leguas serían unos 111.120
kilómetros. Si tenemos en cuenta que el ecuador terrestre tiene una longitud
aproximada de 40.075 kilómetros, el viaje del Nautilus podría haber dado casi
tres veces la vuelta al mundo completa. Sin embargo, sabemos por las diferentes
referencias que se nos ofrecen en la novela que la ruta que sigue el submarino
varía tanto en el eje norte-sur como en el este-oeste, por lo que finalmente
podemos hablar de una vuelta casi completa alrededor de la parte líquida de la
Tierra.
El segundo
volumen de la serie Criminal, cuyo guion corre a cargo de Ed Brubaker y está dibujada por Sean Phillips, está compuesta por tres historias
pertenecientes al género negro. Como contenido extra, se incluye al final del
libro una historia corta, Noir siglo XXI.
Además, el tomo contiene la galería de portadas, una suerte de tráiler de El último de los inocentes, y un
conjunto de dibujos y bocetos de películas y series clásicas de estética noir que han servido de fuente de inspiración
al autor de la serie.
Ed Brubaker
utiliza algunos de los lugares comunes del género, como la mujer fatal, el
solitario perdedor como protagonista, el ambiente sórdido o la moral del
antihéroe en una sociedad inmoral. Sin embargo, tanto los argumentos como los
diálogos permiten que la historia no nos desespere, e incluso llegue a
sorprendernos. Éste es sin duda el punto fuerte de la novela gráfica. En
cambio, el trazo elegido por Sean Phillips parece perderse a veces. Y eso que
el género negro permite, dentro de una novela gráfica, un trazo menos definido,
ya que predominan los colores oscuros. Sin embargo, tanto el entintado como el
dibujo están lejos de la que, al menos de momento, sigue siendo la obra de
referencia de este tipo de novelas gráficas, Sin City.
La primera
de las historias es la titulada Mala
noche. Se trata de un arco argumental desarrollado en cinco actos en los
que el escritor Jacob Kurtz, en una de sus noches de insomnio, acaba en un bar
de comidas nocturno, donde conocerá a Iris. Siguiendo la voz de su conciencia,
que se manifiesta en el detective Frank Kafka cuyas aventuras escribe Jacob, irá
introduciéndose cada vez más en una espiral de desenfreno y delito de donde
cada vez le será más difícil salir para poder hacer lo correcto. Lo más
interesante de esta primera historia es el personaje protagonista, Jacob Kurtz,
cuyo carácter apocado y tímido esconde realmente una personalidad totalmente
sorprendente. El juego de voces que mantiene con su creación, el detective
Kafka, una especie de Elliot Ness que le sirve para parodiar los clichés del
género, permiten construir un personaje redondo y llevarnos hacia un desenlace
inesperado.
En Los pecadores, aparece Tracy Lawless, un
ex soldado contratado como matón por el jefe del hampa, el señor Hyde. Pese a
lo que pueda parecer dado su oficio, Tracy es una persona con una moral recta e
incorruptible, que sólo asesina a aquellos cuyos actos merecen tal castigo. Una
ola de ejecuciones llevadas a cabo en el barrio por una banda misteriosa, y los
remordimientos de Tracy hacia su jefe y la familia de éste, serán el epicentro
de la trama. El personaje principal, sin estar mal construido, resulta a mi
juicio menos interesante que los otros; tal vez porque es un “bueno” que actúa
con los “malos”, pero tiene siempre presente la intención de hacer el bien y lo
correcto.
Por último, El último de los inocentes es una mezcla
entre Beautiful girls y Crimen perfecto. Riley Richards regresa
a su pueblo para pasar las últimas horas con su padre, enfermo terminal. Este
regreso es también una vuelta a la vida que había dejado atrás: su amistad con Friqui
Gordon, convertido ahora en un ex alcohólico; y la hermana de éste, Lizzie
Gordon, de quien Riley está enamorado. Pero Richards esconde un par de secretos
tras de sí: por un lado, sus deudas de juego con el señor Hyde, que se traducen
en una necesidad acuciante de dinero que podría prestarle su millonario suegro
si no lo odiase; por el otro, su matrimonio cada vez más roto con Felicity
Doolitle, quien le engaña con el rival de Riley, Teddy. Además de las
constantes referencias subliminales, resulta atractivo el juego que hace entre
el estilo de la edad adulta, y el dibujo y diseño de la juventud de Riley, con
un estilo que recuerda a Archie y sus amigos (no en vano, la historia es una
vuelta de tuerca a las historietas de Archie).
Por último,
cabe destacar la historia corta que se incluye como material adicional, al
final del libro, Noir siglo XXI. Pese
a que no tiene la extensión de las otras, resulta muy entretenida, pues de
nuevo Brubaker nos sorprende sin dejar de utilizar los recursos noir: en este caso, la femme fatale.
Un genio ingobernable, que vivió
tan deprisa como los fraseos que era capaz de realizar con el saxo alto, si es
que no lo había empeñado para conseguir algunos dólares. Así era Charlie
Parker, el gran agitador del jazz de los años 40, que en este libro compilado
por Robert George Reisner aparece dibujado por los testimonios de aquellas
personas con las que se cruzó en su vida.
Apodado Yardbird (Pájaro), empezó su carrera siendo apenas un adolescente,
colándose en las jam sessions de los
clubes de Kansas City hasta que era descubierto y echado a patadas. Influenciado
por el estilo de Lester Prez Young, pronto
consigue ingresar en la orquesta de Jay McShann, con la que inicia las giras que
le darán a conocer al gran público. Posteriormente, se trasladará a Nueva York,
donde se asentará; aunque alternará su vida en la ciudad neoyorquina con
estancias en Los Ángeles o en Kansas City, además de alguna gira por Europa,
donde era venerado en Francia y Suecia, países de gran conocimiento del jazz.
Su ajetreada vida, la adicción desde muy joven a las dogas, y su genialidad, lo
llevarían a una depresión continuada y a varios intentos de suicidio. Sin
embargo, Parker se sobrepondría, motivado por el nacimiento de sus hijos, e
ingresaría en el hospital de Camarillo. Una vez recuperado, intentó llevar una
vida más ordenada, pero el ambiente de los clubes nocturnos (llegaron a ponerle
su nombre a un famoso club, el Birdland),
las interminables jam sessions, y la
muerte de algunos de sus hijos, lo empujaron de nuevo hacia los viejos malos
hábitos. Charlie Parker acabaría muriendo en la habitación del hotel de su
amiga la baronesa Pannonica de Koenigswarter, debido a una neumonía lobar.
Por el libro desfilan numerosos
personajes fundamentales de la historia de la música que compartieron escenario
e historias con Bird. Llama la atención que los numerosos testimonios del libro
difieren en muchos de los hechos, pero todos coinciden en el retrato de un
Parker genial y atormentado, lúdico y loco, egoísta y generoso… Contradictorio,
al fin y al cabo, una suerte de Quijote del jazz, innovando en el que dio en
llamarse estilo be-bop.
Su breve vida (murió a los 34
años) fue siempre sublimada por la música jazz, acompañada de la amistad de los
grandes músicos que este género ha dado. Así, destaca su amistad (a veces
transformada en riñas o envidias mal disimuladas) con los trompetistas Dizzy
Gillespie, primero, y luego el que acabaría siendo su sustituto, Miles Davis.
Otros músicos con los que el Pájaro tocó o grabó fueron: Max Roach (batería),
Tommy Potter (contrabajo), Lucky Thompson (saxo tenor), Walter Bishop (piano),
Tommy Turk (trombón), Erroll Garner (piano), Sara Vaughan (voz), Art Blakey
(piano) o Kenny Dorham (trompeta).
La historia de Charlie Parker es
también, de alguna manera, la historia de las minorías afroamericanas de los
años 40. Jóvenes de clases socialmente bajas que tenían en la música una vía de
escape y oportunidad de enriquecerse, pero, como le sucedió también al pobre
saxofonista, acabaron cayendo en el consumo desmesurado de alcohol y drogas.
Charlie Parker ha sido siempre un
icono de la música americana, que ha servido de inspiración a grandes artistas. Recordemos, por ejemplo,
el relato El perseguidor, de Julio
Cortázar, una especie de biografía literaria, o la película Bird, donde Forest Whitaker interpreta
al músico, dirigida por Paul Newman. Como señaló el propio Miles Davis, el gran referente del
jazz en los años 60: “Louis Armstrong y Charlie Parker, ésa es la historia del
jazz”.
La semana
pasada me di una vuelta por Action Comics (c/ Vinader, Murcia) a echar un
vistazo al material que tenían, y quedé gratamente sorprendido pues la tienda,
pese a no ser muy grande, tiene un poco de todo: comics americanos de las
grandes editoriales (Marvel y D.C.), novela gráfica europea, manga, juegos de
mesa, figuras,… Todo bien ordenado, y con un par de cajas de números atrasados
y colecciones completas de segunda mano que siempre se agradecen. Entre los varios
ejemplares que compré, como pequeña delicatessen
que suelo incluir como capricho, esta vez le tocó a Kingsman: The Secret Service, influido (supongo) por su reciente
estreno en el cine.
La novela
gráfica, publicada por Panini Comics, es obra de Mark Millar, Dave Gibbons y
Matthew Vaughn; y nos cuenta la historia de Gary “Eggsy”, un joven marginal de
los suburbios londinenses que acaba convirtiéndose en espía de la mano de su
tío, Jack London. Se trata de una parodia de ese género tan británico de la
novela de espías, encarnada por James Bond, pero al que Millar mezcla con el
ambiente marginal y degradado de los barrios decadentes londinenses, donde
conviven los hooligans más violentos
y sostenidos por el subsidio social. Tal y como señala Gonzalo Quesada en el
prólogo: “A Millar le parecía buena idea hacer que se mezclaran personajes de
extractos sociales tan diferentes como los personajes de James Bond y los de
Trainspotting”.
Toda la
historia se sostiene por los guiños de Millar a iconos de la cultura pop (por
las páginas del cómic aparecen Mark Hammill, Ridley Scott o David Beckham,
entre otros); su habitual humor negro (el rescate de Mark Hammill con el que se
inicia el relato es buenísimo); y por el trazo bien perfilado de Dave Gibbons.
Sin embargo,
en la historia hay algunos momentos en los que decae el nivel, como por ejemplo
la velocidad con la que se narra el entrenamiento de Gary, que en teoría dura
tres años, o los tópicos que aparecen a lo largo de toda la narración. A pesar
de ello, su lectura es entretenida y bastante recomendable para quienes no sean
muy sensibles a la ultraviolencia que practica Mark Millar en sus cómics (Kickass, Wanted), todo un Tarantino de la novela gráfica.
Un sábado de agosto de 1914 en
que la tarde se prestaba a ello, Anthime decide dar un paseo en bicicleta por
la campiña, aprovechando el sol para leer un rato sobre la hierba. Cuando
asciende a un montículo, al salir de la ciudad, una ráfaga de fuerte viento
está a punto de derribarlo y le obliga a poner pie a tierra. Desde esa
privilegiada vista de la Vendée, Anthime escucha el repicar de las campanas de
la ciudad: Francia acaba de declararle la guerra a Alemania, dando inicio al
primer gran conflicto mundial del siglo XX.
Tanto los periódicos, políticos,
militares y pueblo llano consideran que el asunto no es grave, pues en apenas
quince días se habrá solucionado el conflicto. Sin embargo, termina el verano,
y el conflicto continúa. Anthime y algunos de sus amigos del pueblo son
llamados a filas, y, una vez en el frente, descubren el horror que la historia
les tiene preparado en la I Guerra Mundial. Nada tiene lógica, todos los días
amanecen en una zanja llena de miembros amputados, bombas que resuenan sobre
sus cabezas, morteros que estallan llenando el espacio de humo y sangre…
Anthime pierde un brazo y es licenciado, con lo que puede regresar a casa y
pedirle matrimonio a Blanche, quien ya sabe que su antiguo novio Charles,
también amigo de Anthime, ha sido derribado en el aire. Finalmente, Anthime
deja embarazada a Blanche.
Una de las principales
características de la novela de Echenoz es su brevedad y concisión. Pese a
ocuparse de un tema que ha estado de moda en este reciente año 2014, por el
aniversario de la guerra, Echenoz no centra su mirada en los protagonistas de
la guerra, ni en las grandes batallas; antes bien, toda la novela gira en torno
a esos jóvenes sin demasiadas aspiraciones, pueblerinos burgueses que no
entienden realmente bien los motivos del conflicto y que se ven abocados a él
sin remedio. Anthime, Padioleau, Arcenel y Busois, además de Charles, se
presentan de manera humilde, imprecisa, y casi resulta de agradecer, pues el
horror de los bombardeos hace que, de una página a otra, perdamos al personaje
que hasta hace unas líneas estaba conversando con nosotros.
Echenoz se ciñe, por tanto, a esa
pequeña parte de la historia que Unamuno acertó a llamar la “intrahistoria”, la
historia de los personajes anónimos, sin cuya participación el devenir
histórico habría sido bien diferente, y cuyo recuerdo honran placas con
epitafios demasiado generalistas, a soldados desconocidos y libertadores de la
patria caídos.
Además, el autor francés demuestra su gran maestría en el arte de
narrar, pues lo condensado de la novela, apenas cien páginas, es suficiente
para transportarnos al convulso inicio del siglo XX mucho mejor de lo que
muchos y más voluminosos tratados de historia pueden hacerlo.
Esta novela
gráfica publicada por Salamandra Graphic narra el viaje de Fabio y Giovanni,
dos hermanos separados durante largo tiempo que se reencuentran debido al
fallecimiento de su padre. Durante la época de entreguerras, el joven Fabio
siente que su pueblo costero natal no puede ofrecerle las mismas oportunidades
que el vasto mundo, por lo que decide alistarse con los camicie nere y
salir a recorrer mundo. Abandona a todos hasta que su hermano Giovanni lo
encuentra en Francia ganándose la vida en combates de boxeo, y le convence para
regresar a por la herencia asignada, cumpliendo con la última voluntad del
progenitor.
Inician entonces
ambos hermanos un viaje de vuelta que no es sólo físico, sino también
sentimental. Los silencios en el coche, los reproches que se cruzan, la alegría
de los recuerdos de los tiempos pasados,… Alfred va combinando escenas de ese
pasado, marcadas por un estilo de dibujo sin trazo determinado, y con colores
predominantemente amarilláceos; con el presente, con los dibujos bien marcados,
y un tono anaranjado. Así vamos descubriendo los verdaderos motivos del exilio
de Fabio, cómo ha sido su vida, y, en oposición, cómo se ha mantenido,
cubriendo de alguna manera su lugar, el hermano menor, Giovanni.
En
el libro se destaca especialmente el tratamiento de un tema sentimental sin
caer en la sensiblería ni el melodrama: aunque evidentemente se suceden escenas
dramáticas y momentos cómicos, cuando llegamos a las viñetas finales asistimos
al reencuentro de Fabio con la vida que había dejado atrás, de la que huyó, con
la sensación de estar contemplando a personajes reales enfrentándose a
problemas cotidianos. La obra fue premiada en el Festival de Cómic de Angulema. El título, según he podido rastrear por la red, está tomado de una canción de Tony Dallara. Dejo aquí el vídeo y el enlace con la letra traducida.
Cualquier excusa es buena para
llegar a un libro. En mi caso, la lectura de El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, vino recomendada por
un amigo italiano, Pietro, durante la boda de una amiga común. Allí, entre
copas de vino y conversaciones más o menos forzadas, comenzamos a hablar de
literatura, y él me recomendó fervientemente la lectura de esta novela
italiana. Como suele ocurrir, recogí el título, que quedó relegado hasta casi
un año después, en concreto este verano pasado, cuando comencé su lectura.
La novela narra el inicio de la
vida adulta del soldado Giovanni Drogo. Destinado a la Fortaleza Bastiani, bastión
septentrional (el juego de palabras no es casual) de un país desconocido (probablemente
Italia) contra los tártaros o bárbaros del Reino del Norte. Al principio, Drogo
sueña con una gran carrera militar, cuyo punto de comienzo es una fortaleza
clave en la defensa del país, pero, al poco de llegar, se da cuenta de que
aquel no es más que un rincón olvidado del reino en el que nunca pasa nada. Tal
y como es advertido al principio, puede marcharse cuando quiera, pues el médico
de la fortaleza le facilitará la salida mediante prescripción. Aún así, el
capitán Matti lo convence para que pruebe durante cuatro meses. Giovanni
acepta, y en esos cuatro meses comienza a mimetizarse con la vida militar y
ordinaria: hace algunos compañeros, participa en la rutina diaria, los días se
suceden monótonamente,… Su primer permiso, que aprovecha para volver a la
ciudad, le ponen de manifiesto que ya ha perdido el contacto con los que una
vez fueron sus amigos, y con aquella mujer a la que alguna vez, tal vez
secretamente incluso para sí mismo, amó. De esta manera, Drogo cae en la cuenta
de que su única posibilidad es continuar en la Fortaleza, a la espera de un
enemigo que nunca llega.
La llegada de una división para
reformular las fronteras del país mostrará la rivalidad entre las distintas
secciones de un mismo ejército, y sacará a relucir el insensato honor militar,
que será la perdición del teniente Pietro Angustina, amigo de Drogo que se le
aparece en sueños invitándolo a acompañarlo. Se trata de sueños cargados de
simbolismo, aunque Giovanni es incapaz de descifrarlos. Angustina, muerto de
forma estúpida, es considerado como un héroe de guerra, sin haber luchado,
mostrando la falacia e hipocresía de los altos mandos.
Un par de hechos rompen la
monotonía castrense. Por un lado, un caballo que aparece en el desierto, tierra
de nadie sobre la que se ciernen los tediosos ojos de los vigías, y al que el
soldado raso Lazzari intentará capturar sin permiso de sus superiores: una
desafortunada coincidencia (ignora el santo y seña de la guardia saliente) le
hará perder la vida. El otro hecho significativo es cuando el teniente Simeoni
avista a lo lejos lo que parece ser una carretera que está siendo construida
por el enemigo para transportar tanques con los que atacar la fortaleza.
Paradójicamente, pese a que llevan una eternidad esperando a que pase algo, los
gerifaltes del bastión no ordenan acción alguna (salvo quitarle a Simeoni su
catalejo para evitar crear revuelo), y poco a poco comienza a disiparse la
certeza de que se trate de una carretera.
Giovanni asciende de graduación
militar al tiempo que envejece, simplemente por pura mecánica jerárquica, sin
ningún motivo justificado. Finalmente, un Drogo recluido en la cama, ya como
segundo en el mando de un reducto cada vez más abandonado, es alertado de la
llegada, esta vez sí, del enemigo. Lleva toda la vida esperando ese momento, y
sabe que al menos le quedará el honor de poder morir en el campo de batalla,
pero su frágil condición física obliga al coronel Simeoni, como alto mando del
bastión, a apartarlo de la Fortaleza Bastiani, siendo enviado a una pensión
cercana donde termina sus días.
La novela se enmarca dentro de
toda una tradición muy desarrollada en la literatura del siglo XX, lo que
podríamos llamar las novelas de espera.
Pueden citarse títulos como Esperando a
Godot, de Samuel Beckett; El coronel
no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez; o, muy próximas a
Buzzati, las novelas de Kafka, como El
proceso. No en vano, todas estas novelas tienen como uno de sus fines
mostrar el absurdo existencial de determinados sistemas (judicial,
administrativo, militar) que anulan la voluntad humana y la individualidad en
pos de una colectividad uniforme e insulsa. No es menos la novela que
comentamos, pues Buzzati utiliza muy bien algunos elementos a su alcance para
mostrarnos esa absurdidad extrema. Por ejemplo, el caso de la muerte de
Lazzari, una muerte estúpida, cuando había acudido a recoger el caballo
extraviado que aparece en el páramo desierto, y que es disparado por sus
compañeros (pese a que lo reconocen, aunque no se mencione), por desconocer la
contraseña para ese día.
El tema principal del relato es
esa crítica que realiza Buzzati a la sinrazón del mundo militar, que lleva a
los individuos a desposeerse de sus sueños y esperanzas. Drogo es el ejemplo de
esta pérdida de la identidad en pos de un supuesto bien común, la salvaguarda
del reino: alejado de la vida civil, consume sus días en la mecánica repetición
de actos. Tan sólo al final, cuando, ya enfermo, ni siquiera sale de su
camastro, y es avisado de que se acercan los enemigos, su vida parece cobrar
sentido: Giovanni recuerda todos aquellos compañeros que se trasladaron de la
Fortaleza, en busca de un destino más activo en el que poder hacer carrera
militar. Pero la vida es implacable, y la enfermedad le impide poder participar
en la batalla, tener una muerte digna. Su indolencia vital ha sido fiel hasta
el final. Drogo se despide en la cama, dibujando en el último momento una
sonrisa en sus labios, la única que esboza en toda la novela.
Buzzati inserta la narración en
una temporalidad y especialidad indeterminadas. Desconocemos cuándo se produce
la acción (tal vez en los albores del siglo XX), así cómo dónde sucede ésta
(posiblemente algún territorio colonial italiano). Esta indeterminación
contribuye a crear en el lector esa sensación de pérdida, de extravío existencial,
pues el tiempo es un círculo ad aeternum
en el que todos los días y todos los actos son repetidos, y cuya única muestra
de avance es el deterioro físico que produce la edad.
Una última cuestión interesante
es la de la identidad de los tártaros. Bajo esa identidad se esconde el otro,
el desconocido, el bárbaro; una idea muy extendida en toda la literatura, y que
Buzzati recoge, es el miedo a ese desconocido que es diferente de lo que uno
es; y que, a falta de un conocimiento más profundo, se convierte en recipiente
sobre el que verter nuestros miedos y odios colectivos, el enemigo del que hay
que protegerse aunque, como se afirma en la novela, ni siquiera se sepa por qué
se lucha, o de quién hay que defenderse. Una de las caras de la otredad, sin duda,
que lleva al apático Giovanni Drogo a perder la esperanza y a vivir en soledad:
“Poco a poco la confianza se
debilitaba. Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de
ello con nadie. Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los
hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecían alejados; si uno
sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una
mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor
sea grande, y eso provoca la soledad en la vida.”
Existe una versión para el cine
dirigida por Valerio Zurlini en 1976, y protagonizada por Jacques Perrin como
Drogo, además de contar con la participación de Vittorio Gassman, Francisco
Rabal y Fernando Rey.